—Sal entonces —dijo Jimena dándole una dirección—. Nos vemos en este lugar.
Lucía quería pedirle a Leo que la acompañara.
Pero recordó que ya lo había enviado a la casa de la familia Castillo.
Además, en su vida pasada, hizo exactamente eso y el resultado fue que la desnudaron junto con Leo, los metieron en la misma cama y llamaron a Alejandro Zavala para que lo viera con sus propios ojos.
Fue asquerosamente repugnante.
En una cafetería.
Lucía se encontró con Jimena.
Cuando Jimena la vio entrar, vestida de diseñador de pies a cabeza, sintió que Lucía irradiaba un aire de superioridad.
Mientras que ella ya casi no podía ni permitirse comprar ropa de marca.
Lucía fue directo al grano: —¿Dónde está la corona?
Jimena respondió: —Fíjate que esa corona por la que tanto has sufrido para conseguirla, Alejandro Zavala me la regaló como si nada.
—No me vengas con tonterías —dijo Lucía, al notar que no llevaba la corona consigo—. No me digas que vas a renunciar a ochenta millones, ¿acaso lo que quieres es mi vida?
En efecto, Jimena quería su vida. Su mirada era fría y afilada, como si estuviera forjada en hielo, deseando convertirse en una cuchilla capaz de atravesar el cuerpo de Lucía.
Ahora había sido desechada por Alejandro, era la burla de todos, y su familia no paraba de suspirar con decepción frente a ella. Había perdido todo, y todo era culpa de Lucía.
Y su único salvavidas era esa corona que aún no había vendido.
No podía dejarla ir tan fácilmente.
—¿Qué pasa, de verdad quieres mi vida? —preguntó Lucía mirándola con evidente hostilidad.
Jimena no pudo evitar que le temblaran las manos, así que levantó su taza y tomó un sorbo de agua.
Si no hubiera sido por el miedo a que Lucía estuviera acompañada por su guardaespaldas, Jimena ya la habría abofeteado.

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