Al final, Lucía no dijo nada. Simplemente tomó el anillo que Alejandro le había entregado y lo guardó en un rincón.
Las palabras de Mateo sobre la "buena recuperación" de Jimena seguían dándole vueltas en la cabeza. Era completamente inverosímil. ¿Cómo alguien podía recuperarse tan rápido después de estrellarse contra el suelo desde un tercer piso? Al día siguiente, en cuanto Alejandro se fue a trabajar, tomó su teléfono y llamó a Isabel.
Recordando que Isabel siempre decía que Jimena era indestructible, le soltó: —¿De verdad Jimena es tan invencible? El asistente de Alejandro me juró que está de maravilla.
Isabel respondió de inmediato: —Ahora mismo consigo a alguien en el hospital para que me averigüe la verdad.
Lucía se puso a leer su libro sobre maternidad y, al cabo de un rato, Isabel devolvió la llamada.
—No se ha recuperado para nada. Olvídate de que ande caminando; ni siquiera puede sentarse apoyada en la cabecera. Está postrada en cama todo el día. El asistente de tu marido te mintió en la cara, seguro para que no te dieras el gusto de reírte de ella.
Lucía asintió, comprendiendo todo. —Con razón. Entonces no me da pena que le hayan descontado media quincena. Se lo ganó a pulso.
A Isabel se le ocurrió una idea: —¿Qué tal si vamos al hospital a burlarnos un poco? Hizo de todo para destruirte y terminó tirándose del balcón ella sola. Sería un desperdicio no ir a bajarle los humos y disfrutar su desgracia. Que se muera de coraje...
Lucía aceptó de inmediato. —Me parece perfecto.
Pidió a Vicente, su escolta personal, que preparara el auto, y también llevó a Noel. Sin embargo, al llegar al estacionamiento del hospital, se arrepintió y ni siquiera se bajó del vehículo.
Isabel se acercó a la ventanilla. La emoción de Lucía se había esfumado. —Mejor olvídalo. En este momento, no tengo las más mínimas ganas de verle la cara.
—¡Pero venimos a hacerla rabiar! —insistió Isabel. Había incluso llamado a Diego para que las acompañara, aunque él aún no llegaba.


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