Por su parte, Alejandro mantenía un semblante frío e inescrutable, sin mostrar ninguna emoción. Era evidente que no le importaba en absoluto si volvían a ser amigas o no.
Jimena intervino con voz suave: —Rosario, no la presiones. No quiero forzar las cosas, por favor no incomodes a Lucía...
—¡El problema, Jimena, es que eres demasiado buena! —replicó Rosario—. Lucía, a menos que admitas que todavía no puedes superar a Alejandro, no tienes ningún derecho a hacerle esos desplantes a Jimena y tratarla como a un fantasma...
Lucía casi se echa a reír de la rabia.
Quienes han vivido lo suficiente saben que, aunque en la superficie puedan mantener la cordialidad sin pelearse con nadie, en su fuero interno ya le han dicho un adiós definitivo a ciertas personas.
La mayoría de las rupturas de amistad suceden en completo silencio.
Y mucho menos se discuten públicamente.
De hecho, Jimena pensaba exactamente igual; por eso había intentado frenar a Rosario cuando sacó el tema.
—Con quién decido tener una amistad es asunto mío, ¿no creen?
Lucía apenas había soltado la frase cuando su teléfono empezó a sonar...
Al ver que era el gerente de Recursos Humanos, contestó rápidamente.
—Señorita, ese tal Pablo del que nos habló... acaba de venir a postularse.
Lucía se quedó atónita.
En su vida anterior, los productos del Consorcio García estaban tan obsoletos que la competencia los había humillado y arrastrado por el suelo. Esta vez, con el afán de reclutar verdaderos talentos técnicos, Lucía había mejorado radicalmente las ofertas salariales, con la esperanza de atraer a algunos de los mejores ingenieros que en su vida pasada trabajaron para el Grupo Zavala. Sin embargo, había pasado un buen tiempo sin recibir noticias de ellos.
Hasta hoy, que de pronto Recursos Humanos se ponía en contacto con ella.
Lucía se mordió el labio con fuerza, conteniendo la inmensa emoción que le aceleraba el pulso, y dijo con un tono neutral: —Mándame... mándame una foto suya.
Llevaba días revisando montones de currículums. Aunque llegaban muchos, no había rastro de los antiguos subordinados de Alejandro. Que de repente apareciera uno, podía tratarse simplemente de una coincidencia de nombres.
Mientras esperaba la fotografía, Rosario volvió a la carga: —Me enteré de que andas trabajando en el Consorcio García.
Lucía ni se molestó en levantar la mirada. —¿Usas internet por paloma mensajera o qué? ¿Recién te enteras?
—No te des aires de empresaria brillante —se burló Rosario—. Mejor vuelve a jugar tus jueguitos en el celular como hacías antes. Tu padre solo te tiene ahí como la mascota decorativa de la empresa.
—Si decido trabajar o cómo manejo mi carrera, te aseguro que no es asunto tuyo...
¿Sería posible que Lucía realmente hubiera pasado la página?
En cuanto desapareció por la puerta, Lucas soltó un bufido: —¡Diablos! Esta Lucía cada día está más inaguantable, se cree la gran cosa.
Fue entonces cuando la voz de Alejandro rompió el silencio: —Lucas, ¿de dónde sacaste a tu novia?
Su tono era perezoso, como si lo preguntara por pura curiosidad casual.
Lucas dio un respingo. Sabía de sobra que Alejandro no hacía preguntas a la ligera. Lo que en realidad le estaba diciendo era que Rosario era demasiado irritante y ruidosa, y que debía deshacerse de ella de inmediato.
¡Pero si Lucía se la pasaba persiguiéndolo por todas partes parloteando como un loro y a él nunca le había parecido molesto!
No obstante, Rosario, completamente ignorante de la tensión, intervino con inocencia: —Alejandro, Lucas y yo nos conocimos en el cine. Resulta que entramos a ver la misma película y resulta que a él también le encantaba...
Lucas le dio un tirón del brazo a Rosario para que se callara.
Jimena apretó los dedos con fuerza por debajo de la mesa. Acto seguido, le sirvió una porción de comida a Alejandro en su plato y comentó como si nada hubiera pasado: —Este platillo está delicioso.
Alejandro aceptó la comida y no volvió a pronunciar palabra.

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