Al mediodía siguiente, Horacio García programó un almuerzo de negocios con un grupo de proveedores clave.
Sabiendo que, en su vida anterior, varios de ellos habían traicionado vilmente a su padre, Lucía estaba decidida a identificar a esos lobos con piel de oveja. Si lograba cortar esos lazos cuanto antes, el Consorcio García se ahorraría un desastre.
Por ese motivo, se empecinó en acompañarlo.
—Papá, yo también quiero ir a esa reunión.
Horacio casi nunca tenía la oportunidad de compartir esos almuerzos corporativos con su hija. Lucía solía pegarse como chicle al grupo de Alejandro y Lucas, sin ningún interés en sentarse a la mesa con una bola de señores. Con una sonrisa paternal, le contestó: —Claro que sí, mi niña, ve conmigo. Solo espero que no te aburras.
Sin embargo, durante la comida, Lucía se percató de que ninguno de los traidores en potencia había asistido a esa reunión.
Pudo relajarse y disfrutar de los deliciosos platillos.
En un momento dado, se levantó para ir al baño. Al salir de regreso al pasillo, para su mala suerte, se topó de frente con Lucas Paredes.
En cuanto Lucas la vio, su rostro se contorsionó de rabia e indignación: —¿Ya te cansaste de fingir que no te importa y viniste arrastrándote hasta acá?
—Lucía, qué descaro el tuyo. Alejandro organizó un almuerzo aquí sin invitarte y, aun así, tienes el atrevimiento de aparecerte sola.
Este tipo de comentarios venenosos siempre eran el sello personal de Lucas.
—No tengo la más mínima idea de qué diablos estás hablando —Lucía frunció el ceño, harta de escuchar sus tonterías.
Dio un paso hacia un lado con toda la intención de marcharse.
Pero él le bloqueó el paso bruscamente. —Alejandro y Jimena ya son novios, así que llegaste tarde a la fiesta.
—Si intentas separarlos a estas alturas, serás la «otra», y quedarás como una ofrecida.
Así que Alejandro y Jimena también estaban comiendo en ese lugar.
El rostro de Lucía se ensombreció, pero tras un breve silencio, respondió afilada: —¡Si no querían que nadie los interrumpiera, debieron haber rentado todo el maldito restaurante! Ya que no lo hicieron, ¿quién me prohíbe venir a comer aquí?
En el fondo, Lucas solo quería que ella se alejara del grupo; pero incluso si él no se lo exigiera, ella lo haría con gusto.
—Voy a regresar a mi salón privado y no pienso salir de allí. Así que hazte a un lado de una vez.
Lucas parpadeó, completamente desconcertado por esa reacción tan civilizada.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero