—Alejandro Zavala bajará por ese elevador en cualquier momento. Si se entera de que vienes a cortejar a su novia, ¿tienes idea de lo que te va a pasar?
—Si no me sigues la corriente, vas a terminar siendo un pez muerto en su mesa de picar.
Lucía no exageraba en absoluto. A Alejandro le bastarían dos movimientos para devorarlo por completo.
Si las cosas seguían su curso, Lucía terminaría viéndolo trabajar en el autolavado.
Y para entonces, la fortuna total de Santi probablemente no alcanzaría ni para pagar una de las llantas del... Lucía echó un vistazo hacia afuera... Lamborghini que estaba estacionado en la entrada.
—Llévame, de paso me dejas en la empresa.
Santi sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Pasó saliva con dificultad y articuló una sola palabra: —Bueno...
Lucía esbozó una sonrisa. Tomó el ramo de flores con naturalidad y le dijo con tono jovial: —El que es listo sabe cuándo retirarse a tiempo.
Apenas terminó de hablar, las puertas del elevador se abrieron.
Alejandro, Jimena, Lucas y Daniela salieron justo a tiempo para presenciar la escena.
Daniela, al reconocer a Santiago, levantó la voz con toda la intención del mundo: —Prima, ¿ese no es el tal Santi que andaba detrás de ti? Míralo, ya se enganchó con Lucía. Qué bárbara, a esa mujer le encanta hacer este tipo de cosas...
Luego, en un tono aún más alto, soltó: —A ver, Santiago Soler, ¿esas flores se las trajiste a Jimena o a Lucía?
Santi miró las manos entrelazadas de Alejandro y Jimena, y de pronto todas las piezas encajaron en su mente. No podía entender las perversas intenciones de la madre de Jimena, quien, a sabiendas de sus intentos de conquista, lo había alentado a venir a declararse a las puertas del Grupo Zavala.
Con el semblante sombrío, bajó la cabeza y respondió: —Son para la señorita García. Me enteré de que andaba por aquí y vine corriendo a verla.
Efectivamente, Lucía tenía razón. Jimena ya estaba emparejada. La cercanía física entre ella y el magnate no dejaba lugar a dudas.
Y su novio no era otro que el empresario más temido y respetado de Puerto Coral, Alejandro Zavala. Si ese hombre llegaba a pensar que él codiciaba a su mujer, las consecuencias serían catastróficas.
Lucía sonrió para sí misma; este chico aún tenía salvación...
Con voz suave, se dirigió a Santi: —Qué conveniente, justo hoy no traje auto. Dame un aventón, ¿no?
Y sin más, ambos salieron por la puerta principal ante la mirada de todos.
Pero justo en ese instante, recibió un mensaje de Lucía: [Te lo explico en la casa].
Julio sabía que su hermana no daba paso sin huarache; seguro tenía una buena razón.
Se relajó al instante y dijo: —Bueno, ¿qué hacemos aquí parados? Vámonos a comer...
—Tú hermana está en caída libre y tú, en lugar de preocuparte como buen hermano, solo piensas en tragar —le espetó Lucas, mirándolo con desdén.
—Si tanto te preocupa, deberías postularte para ser su hermano mayor tú —replicó Julio con tono glacial. Su comentario hizo que Jimena se tensara ligeramente, desviando la mirada hacia Lucas en silencio.
A Lucas se le congeló la sonrisa en el rostro.
Buscando aliados, se volteó hacia Alejandro: —Oye, Alejandro, ¿que no se supone que andaba saliendo con tu hermanito? Esto es ponerle los cuernos a Camilo en toda regla. ¿Vas a dejar que humille a tu hermano así como así?
Antes de que Alejandro pudiera responder, Julio se adelantó: —Ya estamos en el siglo veintiuno, por si no te has dado cuenta. Mi hermana nunca dijo que fuera a salir con el tal Santiago, y no le veo lo malo a que un amigo le dé un aventón.
Alejandro zanjó la discusión: —Vámonos a comer.

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