Aunque para Lucía, Cristina era alguien de su familia y la conocía a la perfección.
Para Cristina, Lucía era prácticamente una desconocida a la que solo había visto una vez en su vida.
Por eso, Lucía prefirió no interrumpirla en ese momento.
Después de despedirse de Isabel, regresó a la mansión García.
Una vez en casa, le entregó los dos estuches de oro a su madre, Doña Elena, para que los guardara.
La mujer sonrió encantada. —Qué hija tan considerada tengo.
Lucía señaló el estuche con el diseño de «Amor Eterno» y le dijo: —Guarda este para cuando mi hermano se case con Cristina. Se lo daremos como regalo de bodas.
Elena se quedó callada, y una sombra de incomodidad cruzó por su rostro. Le hizo una seña discreta a la empleada para que guardara las joyas, se sentó en el sofá y miró a su hija con seriedad: —¿Estás completamente segura de que tu hermano se va a casar con la señorita Quiroga?
—Por supuesto —respondió Lucía con una convicción absoluta.
Tenía los recuerdos de su vida pasada grabados a fuego en la memoria.
Julio se había casado con Cristina; de eso no había la menor duda.
¡Era un hecho innegable!
Sin querer darle más vueltas al asunto, Lucía desvió la conversación hacia los negocios familiares.
—¿Cómo van las cosas en el Consorcio?
Elena respondió: —Van de maravilla. La colaboración con el Grupo Zavala ya está en marcha. Ese sistema de inspección visual que implementó Pablo está siendo un éxito rotundo; las ganancias superaron todas nuestras expectativas. Tu papá ha estado de un humor excelente estos últimos días.
—Me alegra mucho escuchar eso —dijo Lucía, asintiendo con una sonrisa satisfecha.
Después de platicar un rato más con su madre, Lucía se dispuso a subir a su habitación para descansar.
Pero justo cuando iba a darse la vuelta, Elena lanzó una pregunta inesperada: —Lulú, ¿crees que tú y Jimena podrían volver a ser amigas algún día?
Elena recordó aquella noche. Muchas personas de la alta sociedad se habían acercado a Jimena para adularla, conscientes de que probablemente sería la futura señora Zavala. Aunque a Horacio y a Elena les había resultado un tanto incómodo, habían mantenido la compostura.
Al fin y al cabo, estaban a punto de cerrar acuerdos millonarios con los Zavala, y hacer una escena habría sido terrible para los negocios.
Pero lo que más la había sorprendido fue la exquisita educación y amabilidad con la que Jimena la había tratado...
—Lulú, Puerto Coral es un lugar pequeño y nos movemos en el mismo círculo. Es inevitable que nos crucemos. Además, ahora que somos socios del Grupo Zavala, ¿de verdad vas a seguir tratándolos a los dos con esa actitud?
Elena estaba genuinamente preocupada. Temía que su hija, aunque aparentara indiferencia, estuviera consumiéndose por dentro.
Lucía guardó silencio unos instantes antes de negar con la cabeza: —No es rencor, simplemente desprecio la clase de persona que es Jimena. Y no solo no quiero volver a verla en mi vida, sino que te pido, mamá, que te mantengas alejada de Margarita de Jiménez. Esa mujer es un veneno.
Lucía recordaba con dolorosa claridad que, en su vida pasada, había sido Margarita quien había empujado a Elena al abismo. Aunque Lucía nunca supo exactamente qué le había dicho, después de sus encuentros, la salud mental de su madre había comenzado a deteriorarse rápidamente. A medida que la familia de Jimena le robaba más y más contratos al Consorcio García, la angustia de Elena se volvió insoportable, hasta llevarla al colapso nervioso.
Con Julio atrapado intentando salvar la empresa y Lucía postrada en una cama de hospital, todo el peso de la familia había caído sobre los hombros de Cristina, quien en ese momento estaba embarazada.
Lucía sabía que no todo era culpa de Margarita. Su madre se había vuelto loca por la presión financiera y, sobre todo, por el sufrimiento de ver a su hija atrapada en un matrimonio miserable, donde Alejandro solo tenía ojos para su amante. El dolor de ver a su hija sufrir, sumado al estrés extremo, había sido lo que realmente la destrozó.

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