Sin siquiera despedirse,
Damián se marchó a toda prisa.
Al salir del edificio, se topó con una sorpresa: su primo lo estaba esperando en el auto.
¡Qué raro!
¡Demasiado raro, de hecho!
Damián abrió la puerta y se metió al asiento del copiloto. —Primo, pensé que ya te habías ido. Jamás creí que te quedarías a esperarme.
Emilio lo miró con esos ojos profundos e inescrutables, mientras bajaba la tableta en la que trabajaba. —¿Cómo salió la cirugía?
Damián le guiñó un ojo, sonriendo con orgullo. —Si el doctor Duarte mete las manos al fuego, no hay de qué quejarse. Incluso si el paciente ya tiene un pie en la tumba, yo bajo a pelear con la muerte misma. Todo salió impecable. Supongo que en menos de veinticuatro horas la paciente va a despertar. Pero ven acá, tengo que preguntarte algo.
Emilio clavó su mirada en él.
El rostro de Damián se iluminó con una sonrisa cargada de malicia e insinuación. —¿Acaso te gusta la nieta de mi paciente?
Emilio frunció el ceño. —No digas tonterías.
Damián soltó una carcajada burlona. —Ah, no intentes engañarme. Si no sintieras nada por ella, ¿crees que habrías ofrecido invertir doscientos millones en mi centro de investigación solo para sobornarme y que operara a su abuela?
Emilio no quería perder el tiempo con explicaciones que caerían en saco roto.
Pero Damián seguía parloteando sin freno. —Aunque acabo de descubrir algo: tiene un hijo. Obviamente, es una mujer casada. Si estás pensando en meterte en su matrimonio, te va a tocar llevarte el paquete completo. Supongo que eso significa aceptar a ambos de una vez... Pero jamás en la vida me imaginé que te gustaría la mujer de alguien más...
A Emilio le empezó a punzar la cabeza.
Se frotó las sienes con dos dedos y le ordenó, casi en un gruñido: —Cierra la boca.
Damián, creyendo que había dado en el clavo, rectificó al instante: —Bueno, bueno, entiendo que decir que te metes con mujeres ajenas suena muy feo. Desde ahora diré que «la mujer que te gusta, por cosas del destino, resultó estar casada con otro». Así suena mucho más poético... aunque te hace ver un poco miserable.
Emilio giró lentamente la cabeza para clavarle la mirada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Damián. —¿Por qué me miras así?
Emilio miró hacia la parte trasera del auto y le indicó: —Ve a la cajuela, necesito que saques algo por mí.
Damián asintió, obediente como un perrito, y se bajó del coche.
Pero justo cuando iba a darse la vuelta para preguntar qué tenía que sacar, el imponente Rolls-Royce negro arrancó a toda velocidad

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