Selena asintió repetidamente, con los ojos llenos de lágrimas de alegría.
Tras seguir a las enfermeras y ponerse la bata, el cubrebocas y los protectores, entró a la UCC.
Zulema, aún con la mascarilla de oxígeno y rodeada del sonido incesante de las máquinas, la miró con ternura. —Selena... te di un gran susto, ¿verdad, mi niña?
Selena negó con vehemencia, aferrando las frágiles manos de su abuela. —Lo importante es que estás viva.
Zulema soltó un ligero resoplido. —Es porque los años ya me pesan. Si esto hubiera sido hace una década, un par de mocosas consentidas como Mireya no habrían sido rival para mí. Dime, Selena, ¿te hizo algo?
Selena sacudió la cabeza, bajando la mirada para ocultar cualquier rastro de preocupación, y respondió con dulzura: —No, no me hizo nada. Tú tranquila, solo ocúpate de descansar. Los doctores aseguran que tienes una constitución envidiable; que llegarás a los cien años sin problemas.
Zulema sonrió débilmente. —Ay, mi querida niña. Me haces reír. ¿Desde cuándo los médicos también son curanderos que leen la suerte?
Selena se sorprendió por un segundo, pero luego sonrió con ella. —Abuela, en un rato tendré que salir un momento. Si sientes alguna molestia, solo presiona el botón rojo que tienes al lado, ¿sí?
Zulema asintió. —No te preocupes por mí. Soy un roble. Allá en el pueblo solía ir a caminar a las montañas todos los días con tus tías abuelas, ¡tengo más energía que tú!
Selena se quedó conversando con su abuela unos minutos más.
Le prometió que, en cuanto el equipo médico lo autorizara, la llevaría a visitar a Adrián. Solo con esa promesa, Zulema le permitió marcharse.
Con el despertar de Zulema, el peso aplastante en el pecho de Selena finalmente desapareció.
Por fin sintió que tenía la energía suficiente para volver a casa a buscar algo de ropa limpia.
——
Cuando Selena bajaba las escaleras de la casa arrastrando una pequeña maleta,
Vidal entró por la puerta principal llevando a Mireya en brazos.
Fue Mireya la primera en percatarse de la presencia de Selena. —Selena, regresaste. Quería pedirte perdón ayer en el hospital, pero me lastimé las piernas y el médico me ordenó reposo absoluto por tres días. Lo lamento mucho.
Una sonrisa mordaz apareció en los labios de Selena. —Qué lástima que Dios no fue justo y no te congelaste las piernas hasta perderlas.
Mireya apretó los labios con cara de total desolación y agravio.

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