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Traicionada y adorada: Ahora soy inalcanzable romance Capítulo 96

Emilio estaba de pie frente a la puerta.

Llevaba una canasta de frutas en la mano.

Selena lo recibió con una suave sonrisa. —Hola, ¡pasa, por favor!

Emilio dejó la canasta en la entrada.

Selena lo regañó con dulzura: —¡No tenías que traer nada! El propósito era invitarte a comer en señal de agradecimiento.

Con voz profunda, Emilio respondió: —Era lo mínimo. Mi abuela les ha causado muchos problemas.

Selena lo guio rápidamente hacia la sala. —Señor Cárdenas, tome asiento. La comida estará lista en un minuto.

Apenas Emilio se sentó, Fabiana se le acercó sigilosamente.

Y le susurró al oído: —Emilio, ¿cuándo te vas a casar con Selena?

Emilio frunció el ceño.

Tomó a Fabiana por el brazo y le advirtió: —Si sigues diciendo tonterías, te mandaré a comer sola al piso de arriba.

Después del regaño, Fabiana hizo un puchero, ofendida.

Agarró un cojín con furia y se sentó apartada en una esquina.

Leo, en cambio, miró a Emilio fijamente.

Emilio lo notó.

Pero no tenía nada que decirle al niño, así que guardó silencio.

Sorprendentemente, Leo se acercó corriendo. —¡Tío!

Emilio alzó la mirada.

Sus ojos oscuros se fijaron en el rostro inocente del pequeño.

Leo tragó saliva, visiblemente nervioso. Sus pequeñas manos se aferraban a los bordes de su camiseta, pero reuniendo todo su valor, le dijo a Emilio: —Mi mamá ya está casada. No puedes robarle la esposa a otro, ¡eso es de niños malos!

Aunque sabía que últimamente su mamá y Vidal estaban peleados, el pequeño Leo estaba convencido de algo.

Su mamá quería mucho al señor Vidal.

Tanto la anciana como el niño decían lo mismo.

Emilio empezaba a preguntarse si en esa casa lo veían como un pervertido o un destructor de hogares.

A Fabiana podía reprenderla.

Porque a los cinco minutos se le olvidaba todo.

Pero con Leo era distinto.

El niño ya de por sí era muy sensible en su presencia.

Emilio dejó escapar un largo suspiro, y una evidente resignación cruzó por sus atractivas facciones. —No le voy a robar nada a nadie.

Leo soltó un oh.

Y por fin se quedó tranquilo.

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