Mientras hablaba, Quinn se secó unas lágrimas fingidas con un gesto dramático. Al levantar la vista hacia Viviana, un destello de victoria pura brilló en sus ojos.
—Vivi, Rodrigo apenas logró superar el trauma que le causaste. Ahora por fin tiene a sus padres biológicos a su lado. Si lo abandonaste de una forma tan cruel en el pasado, ¿qué necesidad hay de averiguar dónde queda la clínica de su familia solo para venir a lastimarlo de nuevo?
¡Qué nivel de manipulación! ¡Una verdadera actriz de telenovela!
Viviana sintió que el estómago se le revolvía. El nivel de hipocresía de esa mujer le daba verdaderas náuseas.
¿Estrés postraumático? ¿Trauma?
¡La que estuvo enterrada viva bajo los escombros de un terremoto suplicando por ayuda fue ella!
¡La que perdió la pierna izquierda y la oportunidad de volver a bailar en un escenario fue ella!
¡E incluso la que perdió a ese bebé que no alcanzó a nacer... también fue ella!
¡Si alguien tenía derecho a sufrir traumas y pesadillas en esta maldita historia, era ella!
—Quinn, deberías haberte dedicado a la actuación, en serio. Qué desperdicio de talento —dijo Viviana con la espalda completamente erguida, clavando una mirada gélida en aquellas tres personas despreciables. De repente, sintió que haber venido a este lugar había sido el error más estúpido de su vida.
Tomó una respiración profunda y sacó de su bolso el pase para la cita con el experto; ese papel por el que su amiga Gaby había movido cielo y tierra. Lo estrelló con un golpe seco sobre el mostrador de recepción.
—Ahórrense sus ridículos delirios de persecución. Yo solo vine aquí a una consulta médica para mi pierna. El ilustre prestigio de su familia y este... —Viviana miró a Rodrigo de pies a cabeza, con absoluta frialdad.
—Este patético pedazo de basura que tienen por hijo, me tienen sin cuidado.
Al escuchar tal insulto a su heredero, el señor Ricardo Zapata, quien hasta el momento se había mantenido al margen en su papel de patriarca superior, no aguantó más.
Cruzó las manos a la espalda y resopló con desdén. Su rostro, marcado por la edad y una evidente prepotencia, reflejaba la frialdad de un témpano de hielo.
—¿A ver una pierna?
El doctor Zapata bajó la mirada hacia la rígida pierna izquierda de Viviana con absoluto desprecio.
—Así que tú eres Viviana Sotomayor. Rodrigo ya me había contado sobre tu caso. A esa pierna, los especialistas ya le firmaron la sentencia de muerte.
Se acercó a ella, mirándola por encima del hombro.
—En todo este país, soy el único que podría curarte usando 'El Método de Agujas Celestiales' de mi familia. Pero qué lástima...



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tres años después, tu arrepentimiento me da risa