Su actitud había perdido por completo la arrogancia y la seguridad con la que irrumpió en el salón principal. El niño había sido apartado y ya no necesitaban su presencia. ¿Acaso no era ese el mensaje de la familia Larios?
Solo en ese instante, Rocío Luján fue verdaderamente consciente del desprecio y la burla en las miradas de todos los presentes.
Todo su esfuerzo se había reducido a la nada. Creía tener el destino de los Larios en la palma de su mano, pero la realidad era que a la familia no le importaba en lo más mínimo.
Don Ricardo la observaba fijamente. Sus ojos, hundidos entre arrugas, destilaban un frío glacial.
Al mediodía, cuando Rocío armó aquel escándalo en la fiesta de cumpleaños, Don Ricardo supo de inmediato que no traía buenas intenciones. Había contactado a los veteranos del corporativo y descubierto la verdadera razón de la quiebra de una de sus filiales tecnológicas.
No fue por falta de innovación ni obsolescencia. Había quebrado por culpa de esta mujer codiciosa y estúpida.
Don Ricardo sabía muy bien el nivel de destrucción que podía causar una mujer necia. Conocía a la perfección las clásicas historias de imperios arruinados por caprichos y pasiones destructivas.
Y esa era la verdadera razón de su furia: Rocío había atentado contra los cimientos del Corporativo Larios.
—No eres parte de esta familia, así que no me corresponde educarte en lugar de tus padres. Pero eres una mujer de la peor calaña, sin principios ni moral. Dejarte al lado de Luciano sería una maldición. No solo eres capaz de protagonizar este tipo de escándalos vulgares, sino que quién sabe cuántos trucos sucios y bajezas usarías para manipular a un hombre. Si Luciano tuviera un mínimo de inteligencia, te habría echado lejos hace mucho tiempo.
—Luciano, te lo pregunto directamente. ¿Estás dispuesto a deshacerte de esta mujer desvergonzada y ruin? Dijiste que la enviarías al extranjero, pero no me basta con eso. Quiero que me jures que no le permitirás volver a aparecer en nuestras vidas.
Las palabras de Don Ricardo no dejaban margen para la negociación. En el fondo, Luciano sabía que si Rocío se había atrevido a llegar tan lejos, era porque él se lo había permitido. Sin importar cuán estúpida o destructiva hubiera sido, él nunca le reprochó nada. Por eso se sintió con el derecho de ir a armar un escándalo a la Casona Larios.
Ahora que la verdad había salido a la luz, el anciano había visto su insolencia y comprendía perfectamente que ella lo tenía sometido.
Aún más, Don Ricardo seguramente investigaría los recientes movimientos del corporativo.


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