—¡Tú...! —Luciano se quedó pasmado.
Nunca imaginó que Rocío no solo lo drogaría para salirse con la suya, sino que además tendría el descaro de usar su propio celular para hacer esa llamada y gemir su nombre mientras se acostaba con él.
Solo entonces entendió por qué Hanna estaba actuando de forma tan errática.
Sin ese audio, incluso si Hanna no pudiera perdonarlo de inmediato, Luciano estaba seguro de que, apartando a Rocío del medio, lograría que cambiara de opinión poco a poco.
Pero al final, él había cometido el error más estúpido de todos, lastimando a Hanna aún más profundamente.
Con razón lo atacaba con tanto veneno.
Luciano ni siquiera podía culparla. Trató de excusarse.
—Pero sabes que no puedo divorciarme de ti. Si pierdo la presidencia del Grupo Larios, no tendré forma de impulsar el financiamiento y la salida a bolsa de tu empresa.
—Perdóname, no fue mi intención... fue ella... —añadió.
No se atrevía a confesar abiertamente que Rocío lo había drogado, temiendo que Hanna llamara a la policía y perjudicara a su ex amante.
Tomó aire y continuó.
—Todo es culpa mía. No debí prometerte que no lo volvería a hacer para luego romper mi palabra de inmediato. Te fallé.
En el pasado, Luciano jamás se disculpaba.
No importaba lo cruel que hubiera sido con ella, incluso cuando destruyó a su bebé, cuando destrozó su confianza y pisoteó su autoestima; nunca pedía perdón.
Actuaba como si los sacrificios de Hanna fueran su obligación.
Pero en esos breves instantes, se disculpó repetidas veces.


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