Hanna estaba decidida a no ceder, pero ya le asqueaba tenerlo ahí rogando. Sin darle una respuesta clara, lo miró con profundo desprecio.
—Estás muy sucio, ¿puedes salir de mi habitación?
Luciano se llenó de decepción, pero luego recapacitó: acababa de revolcarse con Rocío y hasta le había hecho escuchar la llamada; era lógico que cualquier mujer sintiera asco y repulsión.
No quería provocarle un ataque de furia, así que decidió darle su espacio por un par de días y salió de la habitación. De todos modos, él también estaba herido, y con tantas cosas pasando, era comprensible que Hanna le cerrara la puerta en la cara.
*Cuando se calme, recordará que sigo siendo el hombre al que ama*, pensó Luciano, convencido de que ocho años de amor no se borraban de la noche a la mañana.
Se juró que esta vez sí la valoraría. Estaba segurísimo de que, si lograban volver a como eran antes y Hanna quedaba embarazada otra vez, él se encargaría de borrarle todas sus tristezas y de proteger al bebé con su vida.
Con esos pensamientos, le pidió al mayordomo que le preparara otra habitación. Él también necesitaba descansar; últimamente habían pasado demasiadas cosas.
Hanna continuó con su trabajo. Un rato después, Doña Úrsula la llamó para que le explicara a la nueva niñera las restricciones alimenticias y las rutinas de Camilito.
El niño había sido relegado a un rincón del piso de arriba. Don Ricardo ya había dado la orden: después de esto, Camilito no volvería a su casa, y mandarían a alguien a retirarlo del colegio internacional para inscribirlo en una guardería común de las afueras.
Había muchas instrucciones que darle a la empleada.
Hanna sentía que estaba viviendo un sueño irreal. El niño al que había cuidado con tanto amor, de repente se había convertido en un hijo ilegítimo, luego en el peón de Rocío para escalar socialmente, y ahora era un simple daño colateral. Sentía un poco de culpa y mucha lástima por el pequeño.
Cuando salió de la habitación, vio a Camilito parado en la puerta, señalando una pelota que se había caído por las escaleras.
—Mamá, ¿me la puedes recoger, por favor?
Hanna se quedó sorprendida. Desde que Rocío le había lavado el cerebro, el niño solo la llamaba "tía". ¿Por qué le decía mamá de repente?
Una fibra sensible se movió en su corazón.
Bajó rápidamente a buscarla. Pero justo al pisar el siguiente escalón, su pie resbaló sobre una pequeña canica de cristal. El mundo dio vueltas y Hanna rodó violentamente por las escaleras.
El dolor la atravesó de inmediato, arrancándole las lágrimas. Levantó la vista hacia Camilito, pero en lugar de preocupación, en el rostro del niño solo había odio puro.
—Mamá dijo que por tu culpa papá ya no me quiere. Eres muy mala, eres un monstruo. Ojalá te mueras.
La voz infantil retumbó en sus oídos.
Camilito lo había planeado todo. Puso la canica en el escalón y usó la pelota para distraerla.
Pero más que el cuerpo, a Hanna le dolía el alma.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó