Hanna estaba pálida del dolor. Sentía una agonía indescriptible y el terror la consumía al no poder mover sus propias piernas.
Y ahora, hasta su derecho a tener su celular o a recibir atención médica urgente dependía de otros, como si su propio esposo y esa familia tuvieran sus manos apretándole la garganta.
No quería perdonar a Camilito, pero Doña Úrsula estaba usando a los paramédicos como rehenes para extorsionarla.
El corazón de Hanna sangraba de dolor. Jamás había tratado mal a ese niño. Él había sido abandonado por Rocío solo por ambición, y sin embargo la odiaba a ella, convencido de que era la culpable de su desgracia.
Y pensar que lo había cuidado todos estos años, amándolo como si hubiera salido de su propio vientre.
Hanna estaba destrozada, pero sabía que Luciano decía la verdad.
Aunque llamara a la policía, la ley no castigaría penalmente a un niño de cinco años.
Pero lo peor era que hacerlo iría en contra de los intereses de Luciano y de la familia Larios.
Él había golpeado a Camilito brutalmente frente a ella, casi hasta hacerlo sangrar, porque en el fondo, el niño no le importaba en lo más mínimo. Nunca lo había amado, y estaba dispuesto a usar cualquier método violento con tal de que ella se calmara.
Pero Hanna sabía perfectamente que el verdadero monstruo no era el niño, sino Rocío, que movía los hilos desde las sombras para manipularlo.
Y su esposo jamás culparía a la verdadera responsable.
Para Luciano, esto no era más que una "travesura" por los celos de un niño que había perdido atención.
Ni siquiera se dignaba a reprender a Rocío.
Igual que aquella vez, cuando Rocío la pateó a propósito, provocándole un aborto espontáneo y una hemorragia que casi le cuesta la vida.
Luciano simplemente lo despachó diciendo: "No lo hizo a propósito", y borró el intento de asesinato de un plumazo.
A estas alturas, ¿cómo no iba a entenderlo?

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