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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 119

Hanna llevaba un día entero inconsciente y estaba atrapada en una pesadilla.

Soñaba que corría como cuando era niña, pero de repente descubría que sus piernas se volvían transparentes, hasta que desaparecían por completo.

Una tristeza asfixiante se apoderó de ella.

Incluso dormida, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos.

Era como si su subconsciente ya supiera el resultado de los exámenes.

Sus piernas eran su mayor tesoro. Aunque no venía de una familia adinerada, nunca se había sentido inferior a nadie; y aunque nunca conoció a sus padres biológicos, tampoco les guardaba rencor, porque al menos le habían dado un cuerpo fuerte y sano.

Tenía unas piernas preciosas, y las adoraba.

*Por favor, no...*

Hanna abrió los ojos e inmediatamente intentó mirarse las piernas. No se habían vuelto transparentes, pero era como si no existieran. No sentía ni la temperatura de las sábanas, ni el tacto, ni un mínimo hormigueo. Absolutamente nada.

Supo en ese instante que las había perdido.

Trató de incorporarse, consumida por el pánico, pero un dolor desgarrador en el pecho la obligó a detenerse. Sintió como si sus pulmones fueran a estallar, cortándole la respiración.

Una sensación de ahogo la hundió, obligándola a quedarse postrada, con los ojos bien abiertos, mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas y de su garganta brotaban sollozos ahogados.

—Mis... mis... piernas...

Julián acababa de llegar y escuchó su llanto desgarrador, acompañado de jadeos que sonaban como si sus pulmones se estuvieran rasgando.

—Trata de calmarte, Hanna. Tienes lesiones en el pecho, respira despacio.

Aunque sus palabras lograron cierto efecto, Hanna temblaba de pies a cabeza por el dolor físico y emocional. Tenía los ojos inyectados en sangre, el rostro bañado en lágrimas y una mirada que reflejaba la pérdida total del alma.

Luciano, que acababa de salir de la sala de curaciones, escuchó los sollozos y entró corriendo a la habitación hasta plantarse al pie de la cama.

Al ver a Julián intentando tranquilizarla y el estado demacrado de su esposa, el rostro de Luciano palideció. Lo consumía la culpa.

Sabía que todo esto era su responsabilidad y, aun así, no tenía la más mínima intención de que Rocío pagara por lo que hizo.

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