El rostro de Hanna palideció de golpe.
Aunque el papel estaba hecho añicos, el inconfundible fondo verde le indicó de inmediato qué era: la única fotografía de su abuela que quedaba en este mundo.
Había sido tomada hacía un par de años, cuando la anciana aún gozaba de buena salud. Hanna le había comprado ropa nueva y la señora había posado sonriente y radiante frente a los árboles de su pueblo. Como su boda con Luciano había sido algo discreto y sin celebración, no existía ninguna otra imagen de su abuela en eventos familiares. Esa foto era su tesoro más preciado.
Sosteniendo los pedazos con manos temblorosas, Hanna clavó una mirada glacial en Camilito.
—¿Quién te dio permiso de romper esto?
El niño, sintiéndose protegido, no se inmutó.
—Mamá, la tía Chío dijo que las cosas feas hay que tirarlas a la basura.
—¿Cómo va a ser una cosa fea? Es la única familia que le quedaba a mamá —dijo Hanna, con la voz quebrada por el dolor.
Pero Camilito siguió riendo.
—No te enojes, mami. La abuelita ya no está, y la tía Chío dijo que las fotos de la gente muerta se tienen que botar.
Cualquiera pensaría que era inocencia infantil, pero para Hanna, que acababa de perder a su abuela, esas palabras eran pura crueldad.
Agarró a Camilito del brazo, con el impulso de darle una lección, pero lo soltó al instante. Sabía que el niño solo estaba repitiendo el veneno de Rocío; no debía desquitarse con él.
Sin embargo, el niño se asustó, se aferró a las piernas de Rocío y empezó a llorar a gritos.
Y salió de la habitación con aires de triunfo, llevándose al niño.
Hanna los vio marcharse sin mirar atrás. Luego, se arrodilló y empezó a recoger los pedacitos de papel, uno por uno, tratando de armar con cuidado el rompecabezas de su recuerdo más preciado.
Poco después, el sonido de un motor interrumpió el silencio.
Hanna se acercó al ventanal y vio el lujoso auto negro estacionarse frente a la mansión. El chofer abrió la puerta, y en cuanto Luciano bajó, Rocío y Camilito corrieron a abrazarlo. La escena era la viva imagen de una familia perfecta.
Pasó un buen rato hasta que la puerta de la habitación se abrió. Luciano entró, luciendo elegante, imponente y con esa arrogancia que lo caracterizaba en su traje a la medida.
—¿Le pegaste a Camilito? —preguntó de inmediato.

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