Desde aquella pelea a golpes en el hospital y tras ser relevado de su cargo, Luciano había pasado días encerrado y solo en su mansión.
Había estado dándole vueltas a una sola pregunta: ¿qué era realmente el amor?
Julián le había dicho que él no entendía el amor.
Y era cierto. Pero de lo que sí estaba seguro, era de que deseaba profundamente a Hanna.
Adoraba su físico, su carácter, su talento profesional y lo cálida que era en casa.
Sentía una necesidad física abrumadora por ella. Antes creía que era solo porque ella siempre era complaciente.
Pero luego de convivir con Rocío, quien se le insinuaba a cada momento sin causarle el más mínimo deseo, entendió la verdad. No se acostaba con Hanna porque ella fuera dócil; la deseaba porque amaba estar con ella.
Amaba su cuerpo. ¿Era eso amor?
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Julián, cortante.
—¿Siempre estuviste enamorado de ella? —preguntó Luciano, mirándolo fijamente.
—Si la amo o no, no es asunto tuyo —replicó Julián—. Alguien como tú, que pisotea los sentimientos genuinos de los demás, recibirá lo que merece. Vas a pasar el resto de tu vida tragándote tu soledad y tu arrepentimiento.
A Luciano le tembló la voz.
—¿Me estás diciendo que Hanna me amaba de verdad? ¿Que no había interés ni ambición en su amor? De entre tantos compañeros, ¿por qué insistió tanto en conquistarme? ¿No fue porque vengo de una familia rica?

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