Las palabras de la anciana quedaron en el aire cuando el agudo pitido del monitor cardíaco interrumpió el silencio.
Hanna se puso de pie de un salto y gritó pidiendo ayuda. Las enfermeras entraron corriendo y llevaron a su abuela a la sala de operaciones. Sin embargo, cuando las puertas volvieron a abrirse, solo vio una camilla cubierta por una sábana blanca que ocultaba el frágil cuerpo de la anciana.
El mundo de Hanna dio vueltas. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas en el frío pasillo del hospital. Su abuela se había ido para siempre.
Sin fuerzas siquiera para llorar a gritos, se arrastró lentamente hacia la camilla.
—Abuela... abuelita... por favor, no me dejes... no me dejes sola...
Se aferró al cuerpo inerte, consumida por un dolor insoportable.
—Señora, mi más sentido pésame —le dijo el médico con compasión.
Pero para Hanna no había consuelo posible. Lloró desconsoladamente aferrada a la única madre que había conocido.
De pronto, escuchó una voz a sus espaldas:
—Señor Larios, qué bueno que llegó.
Y luego, la voz de Luciano:
—¿Se fue en paz? ¿Sufrió?
—No, señor, fue muy tranquilo.
—Bien. Dejen que mi esposa se despida a solas un rato más.
Cualquiera que lo escuchara pensaría que era el familiar perfecto.
Y, en efecto, mientras Hanna recogía las pertenencias de su abuela, no pudo evitar escuchar a las enfermeras deshacerse en elogios hacia Luciano.
—Dicen que la señora que falleció era la abuela de la esposa de Luciano Larios, el millonario.
—Con razón estaba en la mejor suite del hospital. Ese hombre sí que tiene dinero, seguro gastó una fortuna desde que la ingresaron. Todo de primera.



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