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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 140

Dicho esto, Gustavo se abalanzó con los puños cerrados para golpear a Luciano.

Pero antes de que pudiera alcanzarlo, un llanto lastimero interrumpió la escena desde la cama de hospital.

—¡Papá! No... por favor, déjalo...

Ambos hombres giraron la cabeza. Rocío, pálida, delgada y con el rostro bañado en lágrimas, había despertado. Con una voz frágil y entrecortada, susurró:

—Papá... no lo culpes... Luciano no lo hizo a propósito.

Esa imagen de víctima abnegada rompería el corazón de cualquiera.

Gustavo resopló, agarró un puñado de toallas de papel para contener la hemorragia de su nariz y adoptó una postura de mártir herido.

Luciano bajó la mirada, avergonzado por su reacción.

—Discúlpenme. Perdí el control. Saldré a tomar un poco de aire.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

Rocío lo llamó débilmente un par de veces por su nombre, pero Luciano actuó como si no la escuchara y cerró la puerta tras de sí.

En cuanto sus pasos se alejaron por el pasillo, la actitud sumisa de Gustavo se esfumó. Furioso, comenzó a maldecir en una jerga regional muy cerrada, soltando las peores vulgaridades de su pueblo natal.

Su rostro se contorsionó en una máscara de odio, como si quisiera arrancarle el corazón a alguien con las manos.

—Esa perra barata seguro le hizo brujería. Desde que ese idiota se casó con esa gata callejera, te trata cada vez peor —escupió Gustavo, con las venas del cuello hinchadas—.

—Si no fuera por esa resbalosa, tú serías la señora de Larios hace mucho. En la época de la universidad, él comía de tu mano.

Rocío asintió lentamente, apretando las sábanas.

—Papá... si Hanna Mendoza no hubiera nacido, ¡todo habría sido perfecto para mí! —suspiró, con la voz cargada de un veneno amargo.

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