Hanna brillaba con tanta intensidad que todos los que la conocían se quedaron atónitos, como si la estuvieran viendo por primera vez.
Julián Serna estaba fascinado al ver esa nueva actitud radiante y sus piernas moviéndose con la misma agilidad de antes. Esa era exactamente la imagen que siempre había querido ver.
Julián siempre había deseado que Hanna dejara de enfocar toda su energía en Luciano y empezara a prestarse atención a sí misma. Quería que aprendiera a amarse, que no pusiera a nadie por encima de su propio bienestar, y mucho menos a un infeliz como Luciano Larios.
Si Hanna canalizara todo ese amor, esfuerzo y dedicación que le había entregado a Luciano en sí misma, Julián estaba seguro de que brillaría con luz propia. Ella no tenía nada que envidiarle a ningún hombre de este mundo. De hecho, Julián creía que si ella hubiera estudiado con él en Alemania, habría obtenido mejores calificaciones que las suyas.
Era, simplemente, una mujer extraordinaria.
Le alegraba verla así, porque ese cambio solo podía significar una cosa: por fin había empezado a amarse a sí misma.
El hecho de que hubiera elegido usar su vestido favorito en lugar del clásico y aburrido traje formal que exigía el protocolo, demostraba que ya no sentía la necesidad de complacer a nadie ni de encajar en ningún molde.
Así que, ¡era su momento de brillar!
Julián se acercó a recibirla, y Hanna le sonrió al verlo.
Justo cuando estaban a punto de saludarse, Luciano se adelantó a Julián y se dirigió a Hanna en voz alta:
—¡Esposa mía!
Lo dijo con un tono solemne y a la vez suave.
Nunca antes la había llamado esposa en público.
Ni siquiera en aquella asamblea de accionistas donde todos lo acorralaron preguntándole por qué su esposa no presentaba el proyecto de colaboración en persona. Cuando Hanna apareció para salvarle el pellejo, él no la llamó esposa delante de nadie.
Solo Mauro, su secretario, la llamaba con respeto Señora Larios.
Pero ese título no era más que una burla. Aquel día, frente a la mismísima Hanna, Luciano había abrazado a Rocío para consolarla, diciéndole que la verdadera amante era la mujer a la que no amaban.
Y tras los berrinches de Rocío, Luciano terminó dándole la razón: la verdadera intrusa era su propia esposa.

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