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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 148

Y ahora, Luciano llevaba meses sin gastar un solo centavo en ella.

La había dejado sola con todas esas deudas del hospital.

Si ella la estaba pasando mal, no iba a permitir que Hanna fuera feliz.

Al ver que Rocío se quedaba plantada ahí, mirándola fijamente con los ojos brillantes de pura malicia, el desagrado de Hanna se transformó en un abierto desprecio.

—¿No entiendes español? —le dijo con frialdad—. Te dije que te vayas. Lo repetiré una vez más: si no sales ahora mismo, llamaré a seguridad para que te saquen a rastras.

Pero Rocío no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente.

Le había costado mucho encontrarse a solas con Hanna. En los baños no había cámaras y los guardaespaldas se habían quedado afuera.

No aprovechar una oportunidad tan perfecta para destruir a Hanna sería un desperdicio de las circunstancias.

Rocío soltó una carcajada llena de sarcasmo:

—Mírate, qué arrogante te ves con ese vestido de alta costura. Las mujercitas de barrio bajo como tú, que nunca han visto el mundo real, sí que son calculadoras. No sé qué trucos baratos usaste para amarrar a Luciano y convencerlo de que te comprara vestidos y joyas. Pero no te emociones, usar ese vestido no te convierte en una princesa, a menos que hablemos de las princesas que trabajan en los bares de mala muerte.

La sangre le hervía a Hanna.

Rocío continuó con su tono pausado y venenoso:

—No entiendo por qué te aferras a un lugar que no te corresponde. Dicen que la verdadera amante es a la que no aman, así que está muy claro el lugar que ocupas tú. En cambio yo, soy el amor de su vida. Hasta me das lástima; incluso cuando estabas paralítica, Luciano prefirió correr a verme a mí. Siempre me ha elegido a mí, desde el principio. Tú solo eres una máquina de hacer dinero para él, Hanna.

—Mejor guárdate esa lástima para ti misma —respondió Hanna—. Mírate, estás atrapada en esa silla de ruedas, mientras que mis piernas están completamente curadas.

Por un segundo, los ojos de Rocío se llenaron de un odio salvaje. No podía creer que las piernas de Hanna se hubieran curado tan rápido.

¡Cómo deseaba que Hanna se hubiera quedado paralítica de por vida! O mejor aún, que se hubiera roto el cuello al caer por las escaleras y se hubiera muerto de una buena vez.

Sí, lo que más deseaba Rocío era verla muerta.

De repente, Rocío soltó un grito ensordecedor:

—¡Ah!

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