Al fin y al cabo, Hanna estuvo a punto de perder la movilidad de sus piernas para siempre.
Luciano soltó un suspiro y, con una frialdad sorprendente, se dirigió a Rocío:
—Rocío, ya te dije que la única mujer que será mi esposa es Hanna, y tú aceptaste irte a estudiar a Inglaterra. ¿Qué diablos haces aquí? Además, todo el mundo te vio entrar detrás de ella. Si tenías algo que decirle, ¿por qué no lo hiciste delante de todos, en lugar de acorralarla aquí? Mi esposa jamás ataca a nadie sin motivo. Dime, ¿acaso no te lo buscaste tú misma?
Cada palabra de Luciano se clavaba como dagas en el corazón de Rocío.
¿Cómo era posible que Luciano le estuviera diciendo esas cosas?
Rocío pensó que al mencionar que no le había pagado las deudas médicas, despertaría su sentimiento de culpa. Antes, sin importar las circunstancias, Luciano soltaba el dinero sin chistar cada vez que ella lo necesitaba.
¡Pero esta vez, no solo estaba rompiendo su promesa de pagar el tratamiento, sino que la estaba humillando públicamente diciendo que se lo tenía merecido!
Rocío nunca había sido tratada con tanto desprecio. Ingenuamente, había creído que Luciano la compensaría por todas sus pérdidas y volvería a arrastrarse tras ella como antes.
El golpe de realidad fue tan brutal que sintió que el mundo se le venía encima.
Totalmente desesperada, gritó:
—¡Luciano Larios!
La mirada de Luciano se volvió aún más fría. La fulminó con los ojos, lanzándole una advertencia silenciosa.
Luego, girándose hacia Hanna, le habló con la mayor dulzura:
—Hani, te juro que no sabía que ella vendría hoy. Pensé que estaba en el extranjero haciendo su rehabilitación. En cuanto termine esto, haré que se vaya del país de inmediato.
Luciano tenía muy claro que todos los accionistas y directivos clave de Sistemas Fotónicos estaban presentes. Si el escándalo de su infidelidad con su amante se salía de control, el pánico se apoderaría del mercado y las acciones de la empresa caerían en picada justo en el día de su lanzamiento.
Por el bien de sus intereses financieros, tenía que apagar el fuego a como diera lugar.
Sin embargo, Hanna ni siquiera se dignó a mirarlo. Se dio la vuelta para marcharse y respondió con apatía:
—Me da igual. Puedes llevártela al hospital.
Rocío no soportaba esa actitud de superioridad de Hanna.
En ese instante, la rabia la cegó por completo. Haciendo caso omiso a las advertencias de Luciano, soltó una bomba que dejó a todos los presentes boquiabiertos:

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