Rocío temblaba de pies a cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
Jamás la habían humillado de esa manera.
Unos minutos después, la policía la arrestó por robo. Mientras la arrastraban hacia la patrulla, no dejaba de gritar como desquiciada.
—¡Lucho, no puedo ir a la cárcel! ¡No quiero ir a la cárcel...!
—¡No me abandones! ¡Hace dieciocho años no te dejé solo, no me dejes tú a mí...!
—¡Me arrepiento tanto de haberte conocido, Luciano! ¡Te odio!
—¡Te amo, Lucho! ¡No nos des la espalda a mí y a tu hijo!
-
Por fin todo había terminado.
Hanna ya no tenía apetito, así que le pidió a su chofer que la llevara directo a casa. De repente, el conductor le avisó que un vehículo los seguía.
Con una simple mirada supo que se trataba de Luciano.
Aunque su primer instinto fue ignorarlo, sabía que aún no era el momento de exponer su conexión con Damián Quintana, así que decidió pedirle al chofer que se detuviera cerca de un túnel.
Al ver que el auto de Hanna se detenía, Luciano frenó de inmediato.
Ella solo quería exigirle que se largara, pero en la mente de Luciano, ella lo había esperado a propósito.
Con el rostro iluminado, caminó hacia ella y casi por inercia intentó abrazarla.
Hanna lo esquivó de un ágil movimiento, su expresión cargada de profunda hostilidad.
—¿Por qué vienes persiguiendo mi auto? Lárgate.
Sus palabras cayeron como bloques de hielo.

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