El ánimo de Luciano había mejorado un poco. Al revisar su teléfono, vio que estaba sonando y para su sorpresa, era Tatiana Soler.
Decidió contestar.
—Luciano, ¿cómo puedes ser tan estúpido? —fue lo primero que escuchó.
—¿Por qué mandaste golpear al papá de Rocío? Tienes que regresar ahora mismo y pedirle perdón. Por tu culpa ni siquiera he podido caminar tranquila por la alfombra roja.
A Tatiana siempre le había encantado ser el centro de atención. Alta, con un cuerpo que le costaba decenas de millones mantener cada año, adoraba desfilar por las alfombras rojas con vestidos provocativos, pagar para asistir a eventos exclusivos y sacarse fotos con celebridades.
En ese momento se encontraba en el extranjero, en medio de una glamurosa pasarela, luciendo un vestido transparente, pero aun así había hecho tiempo para llamarlo por el problema de Rocío.
—Me engañaron con total malicia —respondió Luciano con frialdad—. No solo me manipularon para que le robara los médicos a Hanna, sino que me vieron la cara de idiota todo este tiempo.
Tatiana estalló de furia.
—¿Y qué tiene que ver Don Gustavo en esto? Fue Hanna quien dejó paralítica a Rocío en primer lugar. Además, con lo mal que quedó Rocío, ¿qué importaba que Hanna se quedara en silla de ruedas? ¡Ella no es más que una cualquiera! ¡Nunca le llegará a los talones a Rocío!
La paciencia de Luciano se agotó.
—Tatiana, ¿por qué te empeñas tanto en meterte en mi matrimonio con Hanna? ¿Acaso solo serás feliz cuando nos divorciemos? Frente a toda la familia, mi abuelo lo dejó claro: sin ella, pierdo mi posición como heredero. ¿De verdad haces esto por mi bien o lo que quieres es destruirme? ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones?
Acostumbrada a ser tratada con suavidad, Tatiana dio un respingo, asustada por el tono de su voz.
De pronto, pisó en falso. Como había estado caminando a paso apresurado para colarse en las fotos, resbaló espectacularmente en las escaleras.
Como había llovido toda la noche, el suelo estaba empapado. Cuando los guardaespaldas intentaron levantarla, tanto el borde de su carísimo vestido como sus brazos estaban cubiertos de lodo. Lucía ridícula y miserable.
Con la cabeza dándole vueltas y un tic incontrolable en el ojo, Tatiana tuvo que soportar las risas burlonas de los que estaban cerca. Ni siquiera había entrado al evento, pero para disimular ante las cámaras, forzó una sonrisa plástica mientras el lodo le escurría.

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