Por supuesto, la vieja matriarca no era ingenua. Mandó a investigar y descubrió que, efectivamente, Luciano estaba dispuesto a cometer las peores bajezas por Rocío.
Por eso había decidido presentarse en persona.
Pero al llegar y tratar de darle una lección a una mujer insignificante, se topó con el cañón del arma de Luciano.
Para demostrar su lealtad, Rocío se adelantó rápidamente.
—Luciano, mi amor, ¿por qué me apuntas con un arma? Hablemos las cosas con calma.
Luciano, aún furioso, respondió con dureza:
—Fueron ustedes quienes entraron sin querer hablar. Hanna no tiene nada que ver con lo que ustedes acusan. Si no van a dejarla en paz, les pido que se larguen de mi casa. Vuelvan cuando estén dispuestos a hablar como gente civilizada.
Rocío dio un paso hacia él, esbozando una sonrisa conciliadora.
—Solo fue una bofetada, no es para tanto. Ni siquiera sangró. Dame el arma, yo haré que la señora se calme.
Bajo la persuasión de Rocío, Luciano finalmente guardó la pistola.
Hanna seguía en el suelo. Aunque no había sangre visible, el impacto había sido devastador. Sentía la mejilla inflamada y la cabeza le daba vueltas.
Con Rocío como mediadora, todos tomaron asiento.
Luciano ayudó a Hanna a levantarse. Su primer instinto fue marcharse. La situación era terrorífica; que la golpearan sin más razón que llevar el apellido Mendoza era absurdo. Sabía que llamar a la policía no serviría de nada contra alguien del poder de Doña Marisol. Tragarse aquella humillación le quemaba las entrañas, pero al mismo tiempo, una duda la carcomía: ¿Era Rocío realmente una heredera millonaria? ¿Y a qué habían venido exactamente?
Doña Marisol le dirigió a Hanna una mirada cargada de desprecio.
Parecía detestarla con toda su alma.
—Debería quedarse de rodillas —exigió la anciana—. Es la postura adecuada para una cualquiera como ella.
Luciano la miró, desconcertado.
—Doña Marisol, ¿qué le hizo mi esposa para que la trate así? Ya permitió que la golpearan, ¿y ahora quiere humillarla arrodillándola?
—¡Tú cállate, niño! —estalló la anciana—. Estoy hablando con tu abuelo.
Don Ricardo también estaba sorprendido por la crueldad de la exigencia.

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