Doña Marisol estaba tan asustada que le temblaban las piernas. No tuvo más opción que asentir lentamente.
La locura había terminado.
Don Ricardo ordenó a los empleados que sirvieran el mejor café para calmar los ánimos.
Aprovechando el respiro, el anciano volvió a preguntar sobre la verdadera identidad de Rocío Luján.
Tal como lo había afirmado antes, Doña Marisol respondió con absoluta seguridad:
—Rocío es la única hija que me dejó mi pobre y difunta hija.
Don Ricardo sabía perfectamente de quién estaba hablando, pero por precaución, quería confirmarlo.
—¿Se refiere a la primera presidenta de su corporativo, Rosa Mendoza?
Doña Marisol asintió con solemnidad.
—Así es. La madre de Rocío falleció muy joven y le dejó una herencia incalculable, pero solo podrá reclamarla cuando cumpla 27 años. Ese patrimonio es tan grande que superaría por mucho todos los activos del Corporativo Larios juntos.
Al escuchar eso, a Doña Úrsula se le iluminaron los ojos de codicia.
Hasta hacía unos minutos, creía que Rocío era solo una resbalosa cualquiera que se había acostado con Luciano.
Él jamás les había dicho que la joven tenía un linaje tan poderoso.
Si lo hubiera mencionado antes, Doña Úrsula jamás la habría tratado como una arribista, ni habría visto a su bisnieto como un bastardo.
Al contrario, habría pensado que su nieto era todo un genio para los negocios.
Don Ricardo también estaba desconcertado por el giro de los acontecimientos.
Hacía apenas un rato estaba a punto de ordenar que le hicieran un legrado a Rocío a la fuerza. Ahora que la chica estaba sentada frente a él, el anciano ni siquiera se atrevía a respirar fuerte.
Sin embargo, al ser un viejo zorro de los negocios, algo no le cuadraba.
Él sabía del rumor de que Rosa Mendoza había dejado una hija huérfana.
La magnitud de su herencia era un mito que circulaba por toda la élite. Lo que le resultaba incomprensible era: si Rocío realmente tenía semejante fortuna esperándola, ¿qué necesidad tenía de arrastrarse como la amante escondida de Luciano?
¡No tenía ningún sentido!
Pero la matriarca de los Quintana lo estaba confirmando en persona, y la joven estaba sentada a su lado. Era imposible que fuera una mentira.
Aunque sus instintos le decían que algo andaba mal, no tenía cómo refutarlo.
Después de todo, la identidad de la hija de Rosa Mendoza había sido el secreto mejor guardado de la capital; nadie conocía su rostro, su edad ni su apellido. Quizás los Quintana la habían criado en el anonimato.
Don Ricardo soltó un suspiro calculado.
—Ha sido una bendición que haya estado bajo su cuidado, Doña Marisol. De lo contrario, esta niña no habría crecido con tanta gracia y elegancia.
¿Gracia y elegancia?

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