Sin embargo, Hanna confió ciegamente en el imponente hombre que tenía enfrente. ¿Así que todo este tiempo Rocío había estado usurpando su vida?
Su verdadera madre era Rosa Mendoza, una empresaria legendaria, la heredera de una de las familias más prestigiosas de la alta sociedad. Ahora tenía sentido; la famosa finca que hoy era el jardín botánico más exclusivo de la ciudad, originalmente había sido la mansión privada de los Mendoza.
¡Por Dios... ella era una verdadera heredera de la élite!
Pero antes de que pudiera procesar la magnitud de su linaje, la voz implacable de Damián volvió a aterrizarla en la realidad.
—Tus padres, en especial mi tía, te dejaron un imperio. Hablamos de porcentajes masivos de acciones y un fideicomiso asegurado por cientos de miles de millones de dólares. Según el testamento, tendrás control absoluto de esa fortuna en cualquier momento después de cumplir veintisiete años. Si mueres antes, cada centavo será repartido entre cincuenta y seis fundaciones de caridad.
Hanna tenía veintiséis. Le faltaban escasos dos meses para cumplir veintisiete. La fortuna estaba al alcance de su mano.
Pero ella no era ingenua. Conectando esto con la advertencia inicial de Damián, era evidente: reclamar esa herencia era poner su cabeza en una guillotina.
—¿Quién maneja ese dinero ahora? ¿Quién es el beneficiario del fideicomiso mientras yo no estoy? —indagó ella, con la mente trabajando a mil por hora.
Damián esbozó una media sonrisa, genuinamente complacido por su astucia.
—Las acciones las custodian los accionistas principales del corporativo, cobrando dividendos multimillonarios cada año por 'gestión'. En cuanto al fideicomiso, está en manos del único familiar directo legalmente reconocido: Doña Marisol Quintana, la que ante la ley sería tu abuela. Las ganancias anuales que ella obtiene son astronómicas.
La verdad golpeó a Hanna como un balde de agua helada.
—O sea que, mientras yo siga muerta o desaparecida, ellos pueden seguir desangrando el imperio de mi madre. ¿Es así?
—Exactamente —asintió él.
Los ojos de Hanna se entrecerraron con suspicacia.
—Tú... ¿tú también eres de esos accionistas principales?
Damián clavó sus ojos en ella. Una mirada tan letal que podría haberla incinerado en el acto. Se hizo el silencio.
Por más valiente que fuera, Hanna sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

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