En aquel entonces, los ojos de Hanna solo lo veían a él.
Pero ahora.
Ese me gusta de Hanna era su forma de borrarlo por completo de su vida ante los ojos de todo el mundo.
Por otro lado, en el hospital.
Por más que Rocío hiciera berrinches y llamara, Luciano no fue a verla ni a cuidarla durante su recuperación.
¡Ella casi había perdido al bebé, había estado al borde de la muerte!
Necesitaba estar internada una semana, ¿y Luciano iba a ignorarla así de fácil?
Aburrida, Rocío pasaba los videos cortos en su celular.
Muchas cuentas estaban compartiendo el escándalo.
—La exesposa le dio me gusta a un comentario popular: el ex es una escoria. Su actitud está llena de desdén, lo que provocó que los internautas comentaran: ¡Hanna es una reina!
El rostro de Rocío palideció hasta parecer de papel; apretaba las sábanas con tanta fuerza que sus uñas arrugaban la tela.
—Hasta el momento, al parecer el equipo de relaciones públicas del Corporativo Larios no está listo para dar una declaración.
De pronto, Rocío soltó una carcajada.
Fue una risa suave y breve, como un cristal delgado cayendo sobre baldosas, rompiéndose antes de siquiera tocar el suelo.
Se recostó en la cama, apoyando la mano sobre su vientre ligeramente abultado.
Sus ojos brillaban con una fina capa de lágrimas, pero debajo de ese llanto no había tristeza.
Había puro resentimiento.
Ella lo sabía perfectamente.
Luciano no había respondido no porque el equipo de prensa no estuviera listo.
Era porque, simplemente, no quería negarlo.
Hanna había dado un me gusta, y todo el internet lo estaba insultando por ella.
Y Luciano ni siquiera era capaz de decir «las cosas no fueron así».
Lo estaba admitiendo en silencio.
Rocío se limpió las lágrimas.

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