Era la sonrisa de alguien que finalmente se había quitado un peso insoportable de encima.
—Luciano, ¿cuándo vas a entender que el mundo no gira a tu alrededor y que no todo el mundo se va a quedar sentado esperándote? Incluyéndome a mí.
Le arrebató el acta de las manos y la volvió a guardar en su bolso.
—Lo nuestro, tanto legal como emocionalmente, está muerto. Se acabó para siempre.
Luciano sintió que le sacaban el aire de los pulmones. Su cuerpo, siempre tan erguido e imponente, se tambaleó.
Su mente estaba en blanco, solo veía destellos del documento frente a sus ojos. Acta de divorcio.
Se acabó.
Esas palabras eran como un cuchillo oxidado cortándole el corazón en pedazos.
De pronto, una avalancha de recuerdos lo golpeó.
Recordó el día de su boda hace cinco años. Ella llevaba un vestido sencillo porque no tenía una familia rica que la respaldara, y los familiares de él no paraban de criticarla a sus espaldas.
Pero ella no dejó de sonreír ni un solo segundo, porque le había dicho que casarse con él era el día más feliz de su vida.
Recordó esos cinco años. Sin importar qué tan tarde llegara de trabajar.
La luz de la casa siempre estaba encendida, siempre había comida caliente esperándolo, y siempre encontraba a una mujer acurrucada en el sofá que se había quedado dormida esperándolo.
—Hanna... —sus labios se movieron, pero no encontró las palabras.
Cualquier explicación, ruego o intento de retenerla, no valía nada frente a ese papel.
Estaba tan seguro de que ella nunca se iría.
Tan seguro de que con solo mirar atrás, la encontraría en el mismo lugar de siempre.
Incluso planeaba que, cuando se calmara el escándalo con Rocío, volvería para llenarla de lujos y compensarla por todo.
Ella lo perdonaría; siempre lo hacía.
Pero esta vez, ella no lo esperó.
Hanna cerró la cremallera de su bolso. Pasó junto a él y se detuvo un segundo.
Sin siquiera molestarse en voltear a verlo, le susurró:
—Tu peor error en esta vida, Luciano, no fue no amarme. Fue nunca respetarme.
Me trataste como un objeto que podías botar y recoger cuando se te diera la gana. Qué lástima, pero ya no soy tuya.

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