Luciano cerró la puerta de la habitación principal.
Estaba harto de los berrinches del niño, y dejárselo a Hanna era la opción más cómoda. Sabía que ella tenía un vínculo muy fuerte con el pequeño y, además, no era una mujer vengativa.
Conocía bien a Hanna; estaba seguro de que cuidaría del niño sin problemas.
Sintiéndose exhausto, caminó hacia una de las habitaciones de huéspedes contiguas para descansar un rato.
Al abrir la puerta, se encontró con Rocío sentada en la cama, luciendo un minivestido lencero de tirantes color rosa.
Al verlo entrar, Rocío iluminó su rostro con una sonrisa seductora y se acercó rápidamente.
—Lucho, ¿Hanna ya está cuidando al niño?
Luciano asintió con pesadez:
—No te preocupes. Ella valora mucho los sentimientos. Sabrá cómo calmarlo.
Rocío sonrió satisfecha, se acercó aún más y comenzó a masajearle los hombros con suavidad, intentando quitarle el saco del traje. Pero Luciano dio un paso atrás, abrió la puerta y le dijo:
—Si ya estás más tranquila, vete a dormir a tu cuarto.
La sonrisa en el rostro de Rocío se desvaneció, dando paso a un destello de profundo resentimiento.
—Lucho, ¿acaso hay algo malo en mí? —Su voz sonaba sumisa y dulce, pero en el fondo exigía una explicación, acostumbrada a tener siempre el control.
—No. Pensé que ya habías entendido mi postura —respondió Luciano de manera cortante—. No quiero ser la clase de hombre que fue mi padre.
Rocío apretó los puños con furia.
¿No quería ser como su padre? ¡Qué atrevimiento! ¿Le estaba insinuando que ella era igual a esas modelitos baratas con las que su padre tenía aventuras?
Las lágrimas de humillación brotaron de sus ojos:
—Pero Lucho, yo no soy como esas mujeres. Yo soy la madre legítima de tu hijo. Tú también quieres que le demos una familia de verdad, ¿no es así?
Luciano, sin embargo, replicó con dureza:
—Cuando te pedí que no lo tuvieras, ¿no estuviste de acuerdo? Su nacimiento fue un gran error.
Esas palabras cayeron como balde de agua fría sobre Rocío.
Rocío volcó todo su sufrimiento y rencor sobre Hanna. Estaba convencida de que solo cuando Hanna perdiera por completo cualquier atractivo para Luciano, él volvería a arrastrarse a sus pies.
-
Al amanecer, Luciano se fue al corporativo.
Hanna, por su parte, entregó a Camilito al chofer para que lo llevara al kínder.
Antes de subir al auto, el niño se volteó y le recordó:
—Mamá, tienes que cumplir lo que le prometiste a Camilito.
Hanna le dedicó una sonrisa cansada:
—Por supuesto que sí, corazón.
En cuanto el auto desapareció a lo lejos, Hanna terminó de recoger sus cosas.
Cuando por fin salió de la mansión, en su maleta solo llevaba unos cuantos cambios de ropa, un par de artículos de higiene personal y algunos de sus libros de ingeniería.

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