Luciano jamás se molestó en abrirlas.
El amor de Hanna le era completamente indiferente, lo despreciaba por completo.
Sin pensarlo dos veces, Hanna echó todo a la basura. A fin de cuentas, esas cosas solo eran una carga y dejarlas ahí solo le darían a los demás motivos para humillarla y burlarse de ella.
A las diez de la noche, Hanna por fin terminó de empacar.
Se dio una ducha, se puso su crema hidratante y justo cuando estaba a punto de meterse a la cama para dormir, la puerta se abrió de golpe.
Luciano entró cargando a Camilito, quien se retorcía agarrándose la pancita.
—Hani, el niño no deja de quejarse de que le duele el estómago. Lo llevé al hospital pero los doctores dicen que no le encuentran nada. ¿Qué crees que deberíamos hacer?
Cuando Luciano la llevó a adoptar al niño años atrás, lo único que hizo fue firmar los papeles. A partir de ese momento, siempre usó el trabajo como excusa para no tener contacto con él.
Hanna se había dado cuenta de que, en realidad, a él no le gustaban los niños; su naturaleza era fría y distante.
Las vacunas, las consultas médicas, la alimentación, cambiarle los pañales, llevarlo al kínder... Hanna se había encargado de absolutamente todo sola.
En este momento, solo levantó la mirada y dijo con frialdad:
—Deja que Rocío lo cuide.
Si no supiera la verdad de que Camilito era el hijo biológico de Rocío y Luciano, lo habría llevado de inmediato al mejor especialista para que lo revisaran. Pero ahora que sabía que su verdadera madre estaba a unos pasos, ¿por qué iba a desgastarse?
Si lo hacía, seguramente le tenderían una trampa.
Recordó lo que había pasado con Trueno Games. A pesar de no tener culpa alguna y de haber protegido el proyecto de la manera más eficiente y sin gastar recursos de la empresa, usaron ese mismo logro para acusarla de conspiración y hundirla.
Luciano frunció el ceño molesto:
—Rocío nunca ha cuidado a un niño. Se la ha pasado estudiando en el extranjero, sigue teniendo mentalidad de jovencita. Jugar con él un rato está bien, pero no sabe cómo hacerse cargo. Mejor no se lo dejes a ella.
En ese momento, Camilito aprovechó para suplicar con voz melosa y lastimera:
—Mamá, ¿puedes cuidar a Camilito, por favor? A Camilito le duele mucho la pancita, te lo ruego, mamá.
Aunque Hanna sintió un ligero dolor en el corazón, al recordar cada una de las traiciones y decepciones que le habían destrozado el alma en los últimos días, se mantuvo firme:
—Tú mismo dijiste que debía aprender de Rocío cómo cuidar al niño. Pues que ella lo cuide, quiero ver cómo lo hace para aprender.
—¿Por qué tienes que ser tan terca? —le reprochó Luciano, lleno de decepción—. ¿Solo porque es el hijo biológico de Rocío ahora vas a desquitarte con él? ¡Lo vas a cuidar y punto!



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