De pronto recordó que, durante los últimos años, Luciano viajaba frecuentemente al extranjero con la excusa de negocios. Aunque ella era solo una ingeniera, sabía ciertas cosas.
El país que él visitaba no tenía relaciones comerciales con la empresa, pero casualmente albergaba varias universidades prestigiosas de intercambio.
Y Rocío había mencionado que estuvo estudiando en el extranjero estos años. Hanna por fin entendía a qué iba en realidad.
Luciano frunció el ceño. La respuesta de Hanna lo había tomado por sorpresa y no pudo evitar replicar:
—¿Entonces qué quieres? No te creas tan indispensable. Te ofrezco un viaje de buena fe. ¿No te la pasabas rogando por uno antes? Hasta hiciste un itinerario de más de treinta páginas, ¿y ahora resulta que no quieres? Pues mejor, me ahorro la molestia de llevarte. Más te vale no arrepentirte.
El rostro de Hanna se mantuvo impasible:
—No me arrepiento. Lo que quiero está sobre el escritorio de la casa, Luciano. ¿Podrías al menos hacerme el favor de mirarlo?
Cuando se trataba de las necesidades de ella, Luciano siempre parecía volverse sordo y ciego.
Solo al mencionarlo, Luciano hizo un esfuerzo por recordar.
Le vino a la mente que había un documento sobre la mesa.
Seguro era alguna joya, un bolso de diseñador o los papeles de un auto de lujo que ella quería.
Luciano conocía bien esa táctica; después de todo, Rocío siempre hacía lo mismo.
—De acuerdo, lo revisaré luego —dijo él—. Ahora tengo asuntos que atender, vuelve a tu puesto. Piensa bien en lo del traslado de departamento y hablaremos en otra ocasión.
Efectivamente, Luciano estaba ocupado; un cliente importante ya lo esperaba afuera.
Hanna asintió y salió de la oficina.
Sabía que, dado que Luciano ya estaba con Rocío, en cuanto viera el acuerdo de divorcio, lo firmaría sin dudarlo.
Después de todo, ella ya no le servía para nada.
Él ya había obtenido sus patentes, había usado el juego que ella diseñó para sacar la empresa a la bolsa y la había utilizado casándose con ella para asegurar su herencia.
La única razón por la que Hanna había sido sumisa hasta ahora era porque sabía que, si rompía esa fina capa de hipocresía, Luciano podría usar todo su poder para aplastarla y complacer a Rocío.
Pero mientras lograra el divorcio, podría empezar de cero. Lejos de él, sin más complicaciones.
Al regresar a su oficina, descubrió que Valeria había transferido todo el contenido de su computadora y sus memorias USB sin su permiso.
Y para colmo, estaba sentada en la silla de Hanna con una actitud arrogante:
—¿No decías que querías irte? Todo lo que pertenece a la empresa ha sido confiscado. Ya puedes largarte.



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