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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 45

Nuevo hogarTu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

—Si platican un rato, estoy seguro de que encontrarás la respuesta que buscas —concluyó Julián.

Intrigado y emocionado, Leonardo comenzó a hacerle a Hanna varias preguntas técnicas clave. Al escuchar sus respuestas, confirmó sin lugar a dudas que ella era la creadora de la IA Lover.

Pronto, la conversación fluyó hacia la visión del proyecto de Leonardo. La plática se volvió cada vez más apasionante, saltando de una idea a otra sin poder detenerse.

Julián los observaba mientras daba pequeños sorbos a su copa, sin intervenir en lo absoluto. Sabía que Leonardo estaba quedando fascinado con Hanna; el proyecto estaba prácticamente en la bolsa y era muy probable que le dieran a ella el control total del desarrollo.

De repente, al levantar la vista, Julián notó que Luciano y Rocío caminaban directo hacia ellos.

El vestido de quince millones de Rocío era ciertamente hermoso, pero la exagerada cantidad de joyas que llevaba puestas resultaba demasiado vulgar, casi opacando la elegancia del atuendo. A Julián nunca le había agradado Rocío cuando fue su alumna, pero como profesor, mantuvo las formas. Después de todo, solo la veía un par de horas a la semana.

Para Julián, Rocío no le llegaba ni a los talones a Hanna, aunque sabía que en el campus a Rocío la apodaban «La pequeña Hanna» por intentar imitarla.

Rocío se detuvo frente a él con una sonrisa radiante.

—Profesor Serna.

Julián la ignoró olímpicamente, fijando su mirada en Luciano con una sonrisa afilada.

—Y díganme, ¿desde cuándo están juntos ustedes dos?

Esa simple pregunta venía cargada de veneno en tres niveles distintos.

Hanna llevaba un elegante vestido negro ceñido a la cintura, discreto pero increíblemente seductor. Durante años, Luciano se había acostumbrado a verla consumida por las tareas del hogar, desgastada por la rutina y el cuidado del niño. Rara vez la veía arreglada. Sin embargo, incluso sin una gota de maquillaje, Hanna siempre había sido más hermosa que cualquier mujer de su oficina. Él sabía que tenía potencial, pero había olvidado lo apabullante que podía ser.

Había olvidado que ella fue la reina indiscutible del campus, un título que nadie le había podido arrebatar, y que su nombre seguía siendo leyenda en la universidad, incluso ocho años después de haberse graduado.

Minutos antes, Luciano había escuchado a varios invitados comparar a la despampanante Rocío con la misteriosa mujer de negro. Y la mayoría coincidía en que la mujer del vestido oscuro era inmensamente superior. Decían que, mientras el vestido lujoso hacía lucir a Rocío, era la mujer de negro quien hacía lucir al vestido; que ella se vería divina hasta envuelta en una bolsa de basura, mientras que la otra parecía un mostrador ambulante de joyería barata.

Esos comentarios habían envenenado a Rocío. Creyó que estaba compitiendo contra alguna heredera de cuna de oro y maldijo el mal gusto de la gente.

Pero al descubrir que esa mujer era Hanna, el rostro de Rocío palideció hasta volverse un témpano de hielo.

No podía concebir que Hanna hubiera logrado entrar a un evento tan exclusivo. Y mucho menos podía soportar que la compararan —y la superaran— con ella.

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