Sebastián recibió la llamada del equipo jurídico del Corporativo Larios y, tras agendar una fecha para firmar el acuerdo, colgó.
Con una sonrisa de satisfacción, se dirigió a Hanna:
—Todo va viento en popa. El asunto está prácticamente liquidado. El señor Larios ha instruido a su departamento legal para negociar los términos; eso significa que le aterra ir a juicio y está listo para devolverle Trueno Games. En cuanto tengamos los papeles listos, firmamos.
Hanna, embargada de alivio, le dio las gracias:
—Se lo agradezco infinitamente, abogado Silva. Si no fuera por usted, esto se habría convertido en una pesadilla.
Ella sabía muy bien que un abogado de medio pelo jamás habría logrado arrinconar a los Larios en tiempo récord.
Pero Sebastián, manteniéndose en su papel de hombre de negocios, respondió:
—No me lo agradezca. Todo en este mundo se mueve por intereses; mi recompensa económica es bastante jugosa, así que estamos a mano.
Hanna insistió en pagar la cuenta del café. Al levantarse, murmuró con un dejo de nostalgia:
—Y pensar que si no fuera por Julián Serna, jamás habría llegado a un abogado de su talla.
Sebastián la miró con cierta diversión en los ojos y corrigió:
—En realidad, a Julián Serna apenas y lo conozco de vista. Alguien más me pidió, casi como un favor personal, que volara hasta aquí para ayudarla.
Hanna alzó la vista, perpleja.
—¿Y quién fue?
—Un viejo amigo en el extranjero —fue lo único que soltó. Y sin añadir una palabra más, se levantó y se marchó.
Apenas Hanna salió del local, su teléfono empezó a vibrar.
Era el pequeño Camilo Larios.
—Mami... ¿dónde estás? —La vocecita tierna e infantil del niño resonó por el auricular.
Hanna, que acababa de subir a su coche, respondió con voz neutra:
—¿Qué pasa?
—Mami, tengo muchas ganas de comer costillas agridulces y cremita de champiñones. ¿Puedes venir a la casa a preparármelas, por favor?
Hanna sintió un nudo en el estómago.

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