Pero ella también era consciente de las consecuencias si se negaba a hablar.
Sin embargo, por el bien de Sebastián, prefirió arriesgar su vida antes que revelar cualquiera de sus secretos.-
Apretó los dientes, soportando la agonía, dejando que la sangre goteara de su mano hasta manchar el suelo.
Y no pronunció ni una sola palabra.
El agresor, furioso, le pisó la herida con brutalidad. El dolor punzante fue tan intenso que le hizo desear la muerte.
Por suerte, alguien pasó por allí y logró rescatarla.
Al llegar al hospital se enteró de la amarga verdad: se había dañado los nervios de la mano y nunca más podría realizar movimientos finos o detallados.
Nunca más podría volver a dibujar.
Su sueño había llegado a un abrupto final.
Cuando Sebastián regresó de su viaje de negocios, la herida ya estaba casi curada.
Estefanía le restó importancia, diciéndole que solo era un rasguño superficial y que no era nada grave.
Todo porque, en su ingenuidad, creía que ese hombre se preocuparía por ella.
Y no quería que cargara con tanta presión sobre sus hombros.
Al pensarlo ahora, se daba cuenta de lo increíblemente tonta que había sido.
Lo que ella creía que era un amor profundo, al final solo fue ser la herramienta para recibir los golpes destinados a otra persona.
Ese hombre jamás la había amado.
Con esos recuerdos en mente, Estefanía esbozó una levísima sonrisa.
Fuera bueno o malo, el pasado ya había quedado atrás.
Solo podía mirar hacia el futuro, concentrarse en la recuperación de su hija y acompañarla mientras crecía.
Los tres se dirigieron a un restaurante italiano.
Pompón estaba llena de curiosidad y correteaba de un lado a otro del salón con sus piernitas.
En un descuido, chocó directamente contra Sebastián.
La niñita levantó la cabeza y lo miró con una gran sonrisa en su boquita.
Con sus manos regordetas, rebuscó en su bolsillo hasta sacar una paleta.


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