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Un Adiós y Un Arrepentimiento a 30,000 Pies de Altura romance Capítulo 136

—Joven Damián, por aquí, por favor.

Damián asintió. Echó un último vistazo a Ofelia, como si quisiera grabar cada detalle de su rostro en la memoria, y subió al vehículo de aquellos hombres, perdiéndose de vista rápidamente entre el tráfico del aeropuerto.

—Maestro, ¿qué pasa con Damián...?

—Cuando él se sienta listo para decírtelo, te lo dirá.

—Entendido.

Ofelia intentó sosegarse y tomó un taxi de regreso a la residencia de Natalia.

Apenas el coche se detuvo frente a la casa, divisó un vehículo oscuro estacionado a la orilla de la acera.

Lo reconoció de inmediato: era el auto de Adrián Caballero.

Su ceño se frunció. ¿Qué hacía él allí?

Dio media vuelta con la intención de hacerse la desentendida y entrar por otro lado.

Pero, como solía pasar, el universo tenía otros planes.

La puerta del auto se abrió y Adrián bajó.

Llevaba un traje gris y lucía unas ojeras marcadas; era evidente que, apenas bajó de su vuelo, había corrido directo a buscarla.

—Ofelia —le cerró el paso—, tenemos que hablar.

Ella se detuvo y lo miró fijamente: —Adrián, yo creí que todo había quedado muy claro en Italia.

—Deja ya este jueguito y vuelve a casa.

—¿A qué casa? ¿Acaso nosotros tenemos una? —su rostro era una máscara de hielo puro; ni un solo músculo se inmutó.

—Ofelia, ¿hasta cuándo piensas seguir con este teatrito? ¿Qué más quieres? —A Adrián se le estaba acabando la paciencia a pasos agigantados.

Ofelia ni siquiera se molestó en dedicarle una mirada de desprecio.

Lo rodeó como si fuera una piedra en el camino y siguió andando.

Él le agarró el brazo con tal brutalidad que le arrancó una mueca de dolor: —Ofelia, te lo pregunto en serio, ¿qué tengo que hacer para que vuelvas?

De un violento tirón, ella se soltó de su agarre. Se giró hacia él y articuló con claridad y veneno: —Quiero que me sueltes. Quiero que te largues de mi vida y que no vuelvas a cruzarte en mi camino nunca más. A ver, dime, Adrián, ¿eres capaz de hacer algo tan simple como eso?

Adrián se quedó helado, con el rostro pálido como el papel.

Al ver su expresión descompuesta, Ofelia soltó una carcajada cargada del sarcasmo más oscuro.

—Adrián, ¿de verdad a estas alturas todavía no te entra en la cabeza? Estamos divorciados.

Él frunció el entrecejo, visiblemente confundido.

—¿Cuándo nos hemos divorciado? Feli, ya te dije que no pienso darte el divorcio.

Ante su cinismo para negarlo todo, el rostro de Ofelia se endureció aún más y un destello de pura rabia asomó en sus ojos.

Levantó el dedo, señalando la calle detrás de él, y escupió las palabras: —Lárgate. No quiero verte la cara.

—Feli...

Ring...

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