El Asistente Salas asintió respetuosamente: —Entendido.
A las cinco de la tarde, el personal del hospital comenzó a salir poco a poco al terminar su turno.
Adrián mantenía su mirada clavada en las puertas principales.
Cinco minutos después, la vio.
Ofelia ya se había quitado la bata blanca y llevaba puesto un elegante abrigo beige. Tenía el cabello recogido en una coleta baja, lo que la hacía parecer una estudiante universitaria recién graduada.
Y caminando a su lado, estaba Simón Montero.
Ambos parecían estar inmersos en una conversación muy amena. El doctor Montero lucía una sonrisa cálida y relajada, mientras Ofelia asentía de vez en cuando, devolviéndole una leve sonrisa.
La expresión de Adrián se endureció al instante, y sus ojos se volvieron más gélidos que el hielo.
¿Acaso la "mujer casada" que a Simón Montero le interesaba... era su esposa?
Justo en ese momento, Simón hizo algún comentario y Ofelia soltó una carcajada.
Era una risa suave, sí, pero genuina y llena de vida.
Una risa que Adrián no había visto en años.
Sintió como si mil agujas le atravesaran el pecho al mismo tiempo.
Abrió la puerta del auto y caminó directamente hacia ellos. Sin pedir permiso, tomó el bolso que Ofelia llevaba en las manos y le dijo con total naturalidad: —Feli, vine a llevarte a casa.
La sonrisa en el rostro de Ofelia desapareció en una fracción de segundo: —No es necesario, puedo regresar sola.
—Me queda de paso. —Adrián clavó su mirada oscura en el otro hombre—. ¿Doctor Montero? Qué coincidencia verlo por aquí.
Al escuchar la familiaridad en el tono de Adrián, Simón se quedó momentáneamente paralizado. Un destello cruzó por sus ojos: —Señor Caballero. Hoy la doctora Ríos tuvo una intervención muy exitosa, y estaba a punto de invitarla a cenar para celebrar. ¿Le gustaría acompañarnos?
—Le agradezco el gesto, doctor Montero, pero creo que la celebración de mi esposa me corresponde a mí en nuestra casa. Otro día lo invitaremos a cenar con nosotros. —Adrián pasó el brazo por encima de los hombros de Ofelia, abrazándola con una intimidad posesiva. Sus palabras eran amables, pero su mensaje era claro: estaba marcando territorio.
A este punto, no le cabía la menor duda de que la famosa colega casada que le interesaba al doctorcito era Ofelia.
—¿No te parece, Feli? —Adrián la miró directamente a los ojos.

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