—Yo... —Hannah se encogió ante sus gritos, sollozando con más fuerza—. Pero tú pasaste por tantos problemas para comprarle ese bolso y ella ni siquiera lo usó. Ni siquiera lo tocó. ¡¿Acaso eso no significa que no le importa en lo más mínimo?!
Ethan sintió como si le hubieran asestado un puñetazo en el estómago.
«Es cierto...».
Ella ni siquiera se dignaba a tocar las cosas que él le regalaba. En su mente, volvió a ver a Amelia bajo las luces hace unos instantes, luciendo aquel collar deslumbrante que valía una fortuna.
¿El bolso que él le dio? Ella lo trató como basura. ¿Pero el collar que Mason le entregó? Lo llevaba con orgullo, permitiendo que todos lo admiraran. ¿Acaso era porque su regalo no fue lo suficientemente costoso? ¿O era simplemente porque ella no podía soportar estar cerca de él?
Una oleada devastadora de derrota golpeó el pecho de Ethan, dificultándole la respiración. La furia que sentía hacia Hannah, de algún modo, comenzó a desvanecerse. Su voz se suavizó sin que él mismo se diera cuenta.
—Está bien, deja de llorar. —Se frotó las sienes con evidente fatiga—. No vuelvas a hacer algo así. Si necesitas dinero, solo pídemelo de forma directa.
Hannah no podía dar crédito a lo que oía. Al distorsionar la historia y hacer parecer que a Amelia no le importaba el regalo, había logrado esquivar un desastre inmenso que podría haberla arruinado. Ethan seguía luciendo sombrío, pero su rabia claramente había cambiado de objetivo.
Hannah soltó un suspiro de alivio en silencio y comprendió que debía mantener la farsa para asegurar su posición. Ethan guardó silencio un segundo y luego preguntó con frialdad:
—Además de ese bolso, ¿tocaste alguna otra de sus pertenencias?
—¡Absolutamente no! —juró Hannah de inmediato, levantando la mano con las lágrimas aún prendidas de sus pestañas—. ¡Ethan, solo fue ese! Planeaba comprarle exactamente el mismo bolso en la tienda en cuanto ganara el premio del concurso, y devolverlo en secreto para compensarlo... ¡Te lo juro, no intentaba robarle!
Escuchar sus explicaciones solo lograba que Ethan se sintiera más irritado. Se limitó a asentir. Aquella furia inmensa ya se había transformado en algo más.
«Sí. ¿Qué sentido tiene gritarle a Hannah?».
Quien realmente lo hacía sentir como un perdedor era Amelia.
—De ahora en adelante —sentenció él con voz cargada de agotamiento—, no toques ninguna de sus cosas.
Justo en ese momento, la voz del anfitrión resonó por los altavoces:

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