Mason frenó el paso. Notó algo curioso y una media sonrisa se le dibujó en los labios.
Se acercó sin prisa a la cama y se inclinó hacia ella. Quedó tan próximo que Amelia distinguió con claridad su propio azoro reflejado en las pupilas de él.
—¿Por qué tienes la cara tan roja? ¿Acaso hace mucho calor aquí adentro?
El aliento tibio de él le rozó la piel a propósito, con una cadencia perezosa y burlona.
—¡N-no!
Amelia volvió en sí, sacudió la cabeza con fuerza, saltó de la cama como alma que lleva el diablo y huyó directo al baño:
—¡M-me voy a duchar!
A sus espaldas resonó una risa queda y satisfecha.
Se demoró una eternidad dentro antes de animarse a salir.
Mason ya estaba acomodado en la cama: recostado contra la cabecera con una tableta en las manos, deslizando los dedos por la pantalla con semblante concentrado, atendiendo lo que parecía un pendiente de trabajo urgente. La lámpara de noche le iluminaba el perfil, acentuando sus rasgos atractivos.
A su lado, más de la mitad de la cama matrimonial lucía despejada. En medio del silencio nocturno, aquel espacio parecía una sugerencia descarada, una invitación abierta.
Ya habían compartido cama antes por azares del destino y circunstancias adversas, pero en aquel entonces el terreno era ambiguo y la distancia se mantenía firme.
Ahora el panorama era otro: eran pareja con todas las de la ley y esta sería su primera noche compartiendo sábanas bajo ese título.
El pulso le iba a mil por hora.
Durante el baño le habían asaltado mil inseguridades: que, si se veía mal desarreglada, que, si su figura no cumplía con sus expectativas y se llevaba una decepción, o incluso la tontería de hablar dormida y arruinar su imagen en una sola noche.
Permaneció de pie junto al colchón, retorciendo el dobladillo de su pijama con indecisión: ¿debía acostarse con naturalidad o inventar una excusa para refugiarse en el sillón?
Mientras libraba esa batalla interna, el hombre dio por concluido su trabajo.
Dejó la tableta sobre la mesa de noche y alzó los ojos para mirarla. Su mirada era serena pero tan incisiva que parecía leerle los pensamientos.
A ella se le erizó la piel y bajó la vista por reflejo.
Fue entonces cuando vio que él levantaba una esquina del edredón a su lado:
—¿No vas a entrar? ¿Estás nerviosa?
El tono de Mason subió un poco al final, arrastrando las palabras con toda la intención. La burla en sus ojos delataba que lo había visto todo: sus paseos vacilantes junto a la cama y su debate interno segundo a segundo.

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