Nora se levantó para empujar la silla de ruedas de su hijo:
—Bueno, dejemos de hacer mal tercio. Vámonos a nuestras habitaciones y que ellos arreglen sus asuntos por su cuenta.
Al poco rato, la casa entera quedó en completa calma, con el único murmullo de los grillos en el jardín exterior. En su recámara habitual, Amelia caminó en círculos un buen rato presa de la inquietud antes de meterse a la regadera: necesitaba despejarse la mente antes de encarar al ogro que tenía por novio.
Tras una ducha rápida, se puso una pijama cómoda y salió con cautela. El pasillo estaba en silencio, iluminado apenas por la luz cálida de las lámparas de pared; avanzó de puntitas hacia el despacho como quien comete una fechoría. Llevaba el discurso bien ensayado en la cabeza para explicarle sus motivos y contentarlo, pero al empujar la puerta entreabierta, descubrió la estancia vacía: la lámpara del escritorio seguía encendida, los documentos reposaban en orden y una taza de café ya fría descansaba al costado, pero la silla del jefe estaba desocupada.
Intuyó que debía estar en su dormitorio, así que enfiló hacia el otro extremo del pasillo. La puerta de la recámara de Mason tampoco estaba cerrada por completo, como si la hubieran dejado así a propósito. El corazón le dio un brinco y se deslizó al interior sin pensarlo dos veces.
El cuarto yacía en penumbra, bañado únicamente por la claridad de la luna que se colaba por el ventanal. Apenas se distinguían los contornos de la cama y el guardarropa, pero el aire impregnado de su aroma masculino le calmó un poco los nervios. Al prestar atención, escuchó el rumor del agua corriendo dentro del baño: seguía duchándose.
Apenas iba a pronunciar su nombre cuando un clic seco resonó a sus espaldas: la puerta se había cerrado. Al instante siguiente, la habitación quedó en tinieblas absolutas. Un escalofrío le recorrió la espalda y, antes de que pudiera dar un paso, una mano firme le sujetó la muñeca, la jaló hacia atrás y la estampó contra la pared fría.
Un cuerpo alto y cálido se le encimó con una presencia dominante, acorralándola sin remedio entre el muro y su pecho. El vaho de la regadera mezclado con su fragancia limpia la envolvió por entero.
—Es tardísimo y te metes a escondidas en mi cuarto. Acabas de declarar allá abajo que no tienes pareja y ahora te muestras así de atrevida, entrando a la habitación de un hombre como si nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un Matrimonio Sin Contacto, Una Despedida Sin Lágrimas