La contundencia de sus palabras funcionó como un bálsamo milagroso, desvaneciendo las dudas que la atormentaban. Amelia asintió enérgicamente contra su pecho con un murmullo de conformidad.
—Entonces... Mason... ¿podemos mantenerlo en reserva un poco más? Solo hasta que me consolide en el trabajo y demuestre lo que valgo. Después de eso...
—Por mí no hay problema —la atajó él con un hilo de voz que adquirió un matiz peligroso.
A Amelia se le iluminó el semblante pensando que había ganado la partida, pero él remató despacio, rozándole la frente con su aliento tibio:
—Siempre y cuando me compenses por el mal rato.
Ella se quedó perpleja:
—¿Compensarte? ¿De qué manera? Ya eres un hombre hecho y derecho, ¿a poco necesitas que te anden mimando?
Sintió al instante que el cuerpo de él volvía a ponerse tenso: la había regado otra vez. Mason soltó una risa seca y resignada ante semejante falta de tacto:
«Esta mujer me va a sacar canas verdes».
—Amelia Harlow —gruñó entre dientes antes de bajar la cabeza y atraparle los labios en un beso voraz y demandante.
No se apartó hasta que a ella le flaquearon las rodillas y tuvo que sostenerse de sus hombros para no caer al suelo. Con la boca pegada a la suya, le soltó palabra por palabra:
—Un novio que está enojado necesita más mimos todavía. ¿Ya entendiste?
Amelia asintió aturdida entre sus brazos, con la cabeza flotando por la falta de oxígeno tras semejante arrebato. Notó que el enojo de él había disminuido y, envalentonada de repente, alzó el rostro, buscó el perfil de su mandíbula de memoria y le plantó un beso torpe en los labios: fue un roce liviano como una pluma, sumamente cuidadoso.

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