Capítulo 4 —El banquete de los lobos
El banquete no parecía una celebración.
Vera lo entendió apenas entró al salón junto a Mauro Greco. No había alegría verdadera, aunque todos sonrieran. No había calidez, aunque las copas chocaran con delicadeza. Aquella no era una fiesta de bodas, sino una reunión de poder disfrazada con flores, música suave y felicitaciones que sonaban tan falsas como las promesas pronunciadas en la iglesia.
Los invitados no miraban a los novios como se mira a una pareja recién casada. Los medían. Observaban la distancia entre ellos, la rigidez de Vera, la calma de Mauro, la forma en que él caminaba a su lado sin tocarla demasiado y aun así conseguía que todos entendieran que ella ya no era la hija de Arturo Salerno, era la esposa Greco.
Ese nuevo apellido no estaba escrito en ningún lugar visible, pero pesaba sobre ella más que el anillo.
Vera avanzó con la espalda recta, consciente de cada mirada. Algunas mujeres la observaban con lástima; otras, con esa curiosidad cruel de quienes esperan ver cuánto tarda una mujer en quebrarse cuando la encierran en una vida que no eligió. Los hombres, en cambio, miraban primero a Mauro. Solo después se permitían mirarla a ella.
Mauro la condujo hacia la mesa principal con un gesto mínimo. No la sujetó del brazo ni la arrastró a su lado. Solo caminó lo bastante cerca para que todos comprendieran que ella le pertenecía.
En la mesa, Arturo estaba ubicado lejos de ella.
Vera lo notó de inmediato. Su padre, que durante años había decidido dónde se sentaba cada persona en cada cena, ahora ocupaba un lugar secundario, casi decorativo. El detalle era demasiado preciso para ser accidental. Mauro lo había colocado allí como se coloca una advertencia: visible, pero sin poder.
Arturo intentó acercarse cuando terminaron los primeros saludos. No llegó demasiado lejos. Uno de los hombres de Mauro se movió apenas, sin tocarlo, sin hablarle, y eso bastó para obligarlo a detenerse.
Vera vio la escena desde su asiento, no sintió pena.
Arturo había elegido ponerle precio. Ahora descubría lo que se sentía ser apartado de una decisión que ya no controlaba.
Los primeros invitados se acercaron a felicitarlos. Una mujer de cabello oscuro tomó las manos de Vera con una suavidad estudiada.
—Espero que encuentre paz en esta nueva etapa, señora Greco.
El apellido le rozó la piel como una aguja.
Vera sostuvo la sonrisa.
—Espero encontrar algo más útil que la paz.
La mujer parpadeó, insegura de si debía reír o incomodarse, y se retiró con una inclinación breve.
La cena avanzó con lentitud. Vera apenas probó la comida. No tenía hambre. Tenía los sentidos demasiado despiertos. Percibía cómo algunos hombres se inclinaban hacia Mauro con respeto real, mientras otros lo hacían por cálculo. Vio cómo varias mujeres observaban su vestido, su boca quieta, sus manos firmes sobre la mesa. También vio a su padre beber más de lo habitual y mirar hacia ella como si todavía buscara el momento de recuperar una autoridad que ya no tenía.
Entonces apareció el hombre que cambió el aire del salón.
No llegó con estridencia. Bastó con que varios hombres Greco se tensaran al mismo tiempo para que Vera comprendiera que no era un invitado más. Era alto, elegante, con una sonrisa educada y una mirada demasiado tranquila. Tenía esa clase de presencia que no necesitaba exhibir amenaza porque sabía que otros ya la conocían.
Mauro dejó la copa sobre la mesa.
—No esperaba verlo esta noche.
El hombre sonrió.
—Una boda tan importante merecía respeto.
La frase era correcta, su intención, no.
Vera sintió que las conversaciones cercanas empezaban a apagarse. El silencio alrededor de la mesa se volvió más denso.
—Señora Greco —dijo el hombre, inclinando apenas la cabeza hacia ella—. Permítame felicitarla.
—Gracias —respondió Vera.
Él la observó un segundo de más. No fue una mirada descarada, pero sí de evaluación, como si estuviera viendo algo que pudo haber sido suyo.
—Debo admitir que muchos esperábamos otro desenlace —continuó—. Su padre negoció con bastante amplitud en las últimas semanas.
Vera sintió que el estómago se le cerraba.
No miró a Arturo, no todavía.
Mauro permaneció inmóvil a su lado, pero algo en su quietud cambió. Antes parecía controlar el salón; ahora parecía decidir cuánto daño permitiría antes de intervenir.
—Hay hombres que confunden una conversación con una posibilidad —dijo Mauro.
El recién llegado sonrió con más filo.
—Y otros convierten una posibilidad en ceremonia antes de que el resto pueda mejorar la oferta.
La palabra oferta quedó suspendida sobre la mesa.
Vera no necesitó que nadie se la explicara. La había escuchado antes, escondida detrás de términos más limpios: alianza, territorio, deuda, acuerdo. Oferta era la palabra desnuda. La palabra real. Ella giró por fin la mirada hacia Arturo, su padre estaba pálido, no sorprendido: pálido.
Eso bastó. Mauro se puso de pie con una calma que no necesitó volumen.
—Ya felicitó a mi esposa.
El hombre sostuvo su mirada durante unos segundos. El banquete entero pareció esperar una ruptura. Vera notó cómo varios guardaespaldas acomodaban apenas la postura, cómo una mujer apartaba su copa, cómo Arturo bajaba los ojos.


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