Capítulo 5 —La noche de bodas
Vera cruzó la entrada de la mansión Greco junto a Mauro, con el vestido de novia rozándole las piernas y el anillo nuevo pesándole en la mano. Los hombres de seguridad se movían sin hacer ruido, pero estaban en todas partes. Nadie la miró como a una recién casada. Nadie le sonrió con calidez. La recibieron con respeto, sí, pero también con una cautela que la hizo sentirse más vigilada que bienvenida.
No preguntó a dónde iban. No quiso darle a Mauro la satisfacción de verla perdida en su territorio.
Él tampoco habló. Caminó a su lado con esa calma que parecía hecha para desesperarla, sin tocarla más de lo necesario, sin mirarla como un novio y sin actuar como un hombre ansioso por llegar a la habitación donde todos, en el banquete, habían imaginado que terminaría la noche.
Eso era lo peor.
Vera habría sabido enfrentar la brutalidad directa. Una amenaza clara, un gesto vulgar, una orden grosera. Pero Mauro Greco no le daba nada tan simple. La había comprado, la había llevado al altar, la había besado frente a todos como si sellara una propiedad y, aun así, caminaba a su lado con una distancia medida, como si la noche de bodas fuera solo otra parte del acuerdo.
Subieron en silencio.
El cansancio empezaba a vencerla, pero la rabia seguía despierta. Vera no había comido casi nada, no había llorado y no había permitido que nadie la viera temblar. Sostener esa máscara durante horas le había dejado los músculos tensos y la garganta seca, pero no pensaba romperse ahora. No cuando había llegado al último escenario de aquella humillación.
Mauro abrió una puerta al final del pasillo.
—Entra.
Vera se detuvo en el umbral.
—Sigue dando órdenes con demasiada facilidad, señor Greco.
—Y tú sigues fingiendo que no las acatas.
Ella lo miró con odio, pero entró.
La habitación estaba preparada para una noche nupcial, aunque sin adornos vulgares. No había pétalos exagerados ni velas ridículas. Todo era sobrio, oscuro, impecable. Esa ausencia de teatralidad la incomodó más que cualquier exceso, porque no parecía una escena montada para seducirla. Parecía una habitación preparada para que algo se cumpliera.
Sobre una silla descansaba una bata de seda negra. Vera la vio y sintió un rechazo inmediato.
—¿También eligió eso para mí?
Mauro cerró la puerta. El sonido fue bajo, definitivo.
—Alguien de la casa lo hizo.
—Qué considerado. Delegó mi humillación.
Él se quitó el saco con calma y lo dejó sobre el respaldo de una silla. Llevaba la camisa negra impecable, pero el gesto lo volvió menos ceremonial y más real, más peligroso. Ya no estaba frente a los clanes, ya no había iglesia, ni banquete, ni testigos.
Solo él, ella y una puerta cerrada.
—Si quisiera humillarte —dijo—, no lo delegaría.
Vera sintió que se le tensaban los dedos.
No quería entrar en otro intercambio seco. No quería gastar la poca fuerza que le quedaba en frases que él parecía absorber sin daño. Caminó hacia el espejo y empezó a quitarse los guantes con lentitud, solo para ocupar las manos en algo que no fuera temblar.
—Supongo que todos esperan que esta noche termine como corresponde.
Mauro no respondió enseguida.
Esa pausa la obligó a mirarlo por el reflejo.
Él la observaba desde detrás, con la mirada más oscura de toda la noche.
—Todos esperan muchas cosas.
—Y usted suele darles lo que esperan.
—Cuando me conviene.
Vera giró hacia él.
—¿Y esta noche le conviene?
Mauro avanzó despacio, no con prisa, no con ansiedad. Eso lo hacía peor. Parecía dueño del tiempo, de la habitación y de la distancia entre ambos.
—Esta noche me conviene que nadie pueda poner en duda este matrimonio.
La frase le heló la sangre.
Vera sostuvo su mirada, pero por dentro algo retrocedió. No quiso pensar en el banquete, en las mujeres evitando mirarla a los ojos, en los hombres sonriendo con esa discreción repugnante. No quiso imaginar lo que todos esperaban que ocurriera entre esas paredes para que el trato quedara completo.
—El matrimonio ya fue declarado en la iglesia.
—La iglesia convence a los ingenuos. Los clanes creen en pruebas más antiguas.
Vera sintió una náusea lenta.
—No se atreva.
Mauro se detuvo a pocos pasos de ella.
—Cuidado con hablarme como si tuvieras el poder para detenerme.
El silencio que siguió fue brutal.
Vera no bajó la mirada, no podía, si lo hacía, sentía que algo en ella cedería antes que su cuerpo.
—No quiero acostarme con usted.
Mauro la contempló con una calma casi cruel.
—No te pregunté si querías.
La frase la golpeó en el pecho.
Por primera vez en toda la noche, el miedo superó a la rabia durante un segundo. Solo un segundo. Bastó para que ella odiara su propio cuerpo por reaccionar.
Mauro lo notó, claro que lo notó. No sonrió, no pareció satisfecho. Eso no lo hacía menos peligroso.
—¿Eso es lo que es? —preguntó Vera, con la voz más baja—. ¿Su forma de demostrarle a todos que ganó?
—Yo no necesito demostrar que gané.
—Entonces aléjese.
—No.
Una sola palabra, seca, inamovible.

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