Capítulo 3 —La boda forzada
Vera no durmió la noche anterior a la boda, bueno, en realidad no durmió desde que se enteró que fue vendida.
Permaneció acostada con los ojos abiertos, escuchando los ruidos mínimos de una casa que ya no se sentía suya. Desde que Mauro Greco había puesto a sus hombres en cada entrada, los Salerno caminaban por los pasillos como invitados incómodos en su propia ruina. Nadie lo decía, pero todos lo entendían: Arturo había entregado mucho más que una hija. Había entregado el control.
El viernes llegó sin pedir permiso.
Cuando entraron a prepararla, Vera no preguntó quién había elegido el vestido. Lo supo apenas lo vio: blanco, sobrio, impecable. No parecía pensado para una novia, sino para una declaración pública.
—Los Salerno no se derrumbaban; se entregaban con elegancia. —se dijo
Vera dejó que le ajustaran la tela, que le recogieran el cabello y que le colocaran el velo. No lloró, no protestó. No les regaló una escena que pudieran convertir en histeria. Cada gesto suyo fue frío, medido, casi dócil, pero las mujeres que la ayudaban evitaban mirarla demasiado. Había rabias que no necesitaban gritar para sentirse peligrosas.
Arturo apareció cuando ya estaba lista.
Se quedó en la puerta con su traje oscuro y una solemnidad que a Vera le pareció ofensiva. Durante un segundo, la miró como si realmente fuera su hija y no el precio de un trato.
—Te ves hermosa —dijo.
Vera lo observó a través del espejo.
—No me hables como si te importara, porque no te importo una mier*da.
Arturo tensó la mandíbula, pero no levantó la voz.
—Hoy no conviene empeorar las cosas.
Ella giró despacio. El vestido se movió con una elegancia que no combinaba con la furia que llevaba dentro.
—Entonces no finjas orgullo cuando me entregues.
Él no respondió. Tal vez no tenía con qué, tal vez, por primera vez, entendía que algunas palabras ya no podían servirle de escudo.
Un golpe breve en la puerta cortó el silencio. Uno de los hombres de Mauro asomó la cabeza.
—Es hora.
El trayecto hasta la iglesia fue corto y pesado. Vera viajó junto a su padre sin hablar. Afuera, la ciudad seguía su vida como si ella no estuviera camino a convertirse en esposa por una deuda ajena. Nadie vería el contrato detrás de las flores, ni la amenaza escondida bajo los trajes, ni el miedo disfrazado de alianza.
La iglesia no estaba llena de invitados felices. Estaba llena de testigos.
Hombres de distintas familias ocupaban los bancos con sus esposas, sus hijos mayores y sus guardaespaldas discretos. Las conversaciones eran bajas, las miradas largas, los saludos medidos. En ese mundo, una boda podía tener más peligro que un funeral, porque en los funerales al menos todos sabían quién había caído.
Cuando las puertas se abrieron, Arturo le ofreció el brazo.
Vera lo miró apenas.
—Camina —murmuró él.
Ella apoyó los dedos sobre su manga solo porque el teatro exigía ciertos gestos. Todavía no había llegado el momento de romper el escenario.
Mauro Greco la esperaba al frente.
Vestía de negro. No parecía un novio, sino un hombre cerrando una operación frente a todos los que habían ido a comprobar si era capaz de hacerlo. Su rostro permanecía sereno, ilegible, y esa calma hizo que Vera sintiera más rabia que miedo.
Avanzó hacia él sin bajar la mirada.
Mientras caminaba, sintió las miradas sobre su vestido, sobre su rostro, sobre sus manos quietas. Algunos esperaban lágrimas. Otros, una escena. Quizá alguno esperaba verla tropezar bajo el peso de la humillación. Vera les negó todo. Si iban a verla entrar en una jaula, al menos tendrían que aceptar que entraba de pie.
Cuando Arturo la dejó frente a Mauro, ella retiró la mano antes de que pudiera hacer cualquier gesto paternal para las apariencias.
Mauro notó el movimiento y no dijo nada.
El sacerdote empezó a hablar de unión, compromiso y voluntad. Cada palabra sonaba como una burla cuidadosamente pronunciada. Vera escuchaba apenas fragmentos, consciente de la presencia de Mauro a su lado. No la tocaba, pero estaba demasiado cerca. Su calma era una presión constante.
Cuando llegó el momento de las promesas, el sacerdote se dirigió a Mauro primero.
—¿Acepta a Vera Salerno como esposa?
—Acepto —dijo él.
Sin duda, sin emoción visible, solo certeza.
Luego el sacerdote miró a Vera.
—¿Acepta a Mauro Greco como esposo?
El silencio se abrió debajo de sus pies.
Vera miró al sacerdote y después a Mauro. Él no la apuró, no sonrió, ni mostró impaciencia. Esa serenidad la obligaba a cargar sola con la escena. Si se negaba, todos recordarían su voz rompiendo el acuerdo. Si aceptaba, todos recordarían su rendición.
Mauro inclinó apenas la cabeza hacia ella. Su voz llegó baja, solo para Vera.
—Puedes odiarme después. Ahora sobrevive.
La frase la golpeó más que una amenaza.
No entendió qué escondía, pero sí comprendió algo: Mauro sabía más de lo que decía. Lo vio en sus ojos, en esa dureza que no parecía hecha solo de ambición. Por un instante odió no saber si le hablaba como verdugo, como dueño o como el único hombre que conocía el verdadero tamaño de la trampa.
Aun así, lo odió.
—Acepto —dijo.
Su voz salió clara.


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