Capítulo 8 —Mis motivos tendré
Mauro volvió un rato después.
Vera lo escuchó antes de verlo. El sonido de la puerta abriéndose fue bajo, pero en la oscuridad de la habitación pareció demasiado claro. Estaba acostada sobre la cama, de lado, con el cuerpo rígido bajo las sábanas y los ojos abiertos. No había podido dormir. Ni siquiera lo había intentado de verdad. Cada vez que cerraba los párpados, la noche volvía a ella en pedazos: la iglesia, el beso, el banquete, el cierre bajando por su espalda, el dedo de Mauro recorriéndole la columna con una calma que todavía la hacía estremecer de rabia.
Cuando oyó sus pasos, cerró los ojos. Se hizo la dormida.
Era absurdo, y aun así fue lo único que se le ocurrió. Como si fingir sueño pudiera darle alguna clase de defensa. Como si Mauro Greco fuera un hombre al que se pudiera engañar con respiraciones medidas y quietud mal sostenida.
Él entró sin encender la luz principal. Solo una claridad tenue desde el pasillo alcanzó a recortarle la figura antes de que cerrara la puerta. Vera sintió su presencia avanzar por la habitación con esa forma suya de ocuparlo todo, incluso sin hacer ruido. No estaba mirándolo, pero lo imaginó demasiado bien: el torso desnudo, el pantalón negro bajo en las caderas, el cabello todavía húmedo...
Se acercó a la cama. Vera mantuvo los ojos cerrados, aunque el corazón le golpeó con fuerza.
Mauro dejó algo sobre la mesa de noche. El vidrio hizo un sonido leve al tocar la superficie.
—Te traje agua —dijo.
No hubo burla en su voz. Tampoco ternura. Solo esa neutralidad suya que a Vera le parecía más difícil de soportar que cualquier amenaza.
Ella no respondió.
Él permaneció allí unos segundos. Demasiado cerca. Vera podía sentirlo, y odiaba que su cuerpo fuera tan consciente de él incluso con los ojos cerrados. El silencio se estiró hasta volverse incómodo.
—No tienes que fingir que duermes —añadió Mauro.
Vera apretó los párpados un poco más. Maldita sea.
Murmuró algo contra la almohada, una frase baja, rabiosa, sin intención de ser clara.
—¿Qué dijiste? —preguntó él.
Ella no contestó.
—Vera.
La paciencia de Mauro se rompió en un gesto, no en un grito. Tomó la sábana y la apartó de golpe, lo suficiente para descubrirla. Vera abrió los ojos de inmediato y se incorporó sobre un codo, furiosa, aunque el sobresalto le dejó la respiración agitada.
—¿Qué le pasa?
Mauro la miró. Luego bajó la vista.
Vera seguía vestida con la camiseta y el pantalón deportivo que se había puesto después de la ducha, como si la ropa pudiera funcionar de armadura. El algodón le cubría más de lo necesario, pero aun así se sintió expuesta bajo su mirada. No porque mostrara piel, sino porque él comprendió enseguida el motivo.
Y se rió. No fuerte, ni con crueldad abierta. Fue una risa baja, cínica, de esas que parecían nacerle más de la incredulidad que del humor.
—Hay como treinta grados —dijo—. Te va a dar sarampión del calor.
Vera frunció el ceño, todavía sosteniendo la sábana contra su abdomen.
—No sea ridículo. No da sarampión por eso.
Mauro la miró un segundo más. La risa se le apagó despacio.
—Lo sé.
Vera no esperaba esa respuesta, ni el tono con que la dijo. Algo en su rostro cambió apenas, una sombra breve y extraña, como si aquella frase hubiera abierto una puerta que él no pensaba dejar abierta demasiado tiempo.
—Era algo que decía mi madre —agregó.
El silencio cayó de otra manera.
Vera se quedó quieta, sorprendida. No por la información en sí, sino por la forma en que salió de él. Sin estrategia, sin filo, sin esa dureza calculada con la que parecía medir cada palabra. Por primera vez desde que lo conocía, Mauro sonó humano, no bueno, no suave, solo humano.
Y eso, de una forma irritante, la desarmó más que todas sus amenazas.
Él pareció darse cuenta, porque negó con la cabeza, como si se reprochara a sí mismo haber dicho demasiado.
—Te traje agua —repitió, más seco.
Vera miró la botella en la mesa de noche. No quería tomarla. No quería aceptar nada de él. Pero tenía la boca seca, la garganta ardiendo desde el llanto y el orgullo demasiado cansado para pelear contra una botella de agua.
Se incorporó con cautela, tomó la botella y la abrió.
—Gracias —dijo, casi sin pensarlo.
La palabra salió baja, incómoda, como si también a ella le molestara haberla pronunciado.
Mauro no respondió.
Se alejó de la cama, tomó la manta y la almohada que había dejado sobre el sillón y se acostó allí con una naturalidad que la confundió. No intentó ocupar la cama. No le ordenó moverse. No hizo ningún comentario sobre su ropa ni sobre el modo en que ella seguía mirándolo, incapaz de acomodar en su cabeza al hombre que la había aterrorizado frente al espejo con el mismo hombre que ahora se preparaba para dormir en un sillón incómodo para dejarle la cama.
La habitación quedó en penumbras.
Vera sostuvo la botella entre las manos, sin beber más. No podía dejar de observarlo. La luz débil marcaba la línea de sus hombros, los tatuajes dispersos sobre el pecho, las cicatrices que cruzaban su piel como recuerdos mal cerrados. Mauro se recostó de lado, demasiado grande para el sillón, con un brazo bajo la cabeza y el rostro vuelto hacia la pared.
Parecía menos invencible así. Y eso también la molestó.



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