MARIANA
Hay dos tipos de personas en el mundo: las que duermen en los aviones y las que pasan todo el vuelo imaginando las mil formas en que algo puede salir mal.
Yo era de las segundas.
Llevaba nueve horas sentada con la carpeta del evento sobre las piernas, un café frío en la bandeja y los ojos secos de tanto revisar documentos. Dubái. Cuatro días. La boda más importante de mi carrera.
No podía salir mal.
Me repetí eso otra vez mientras el teléfono vibraba sobre la carpeta.
Gabi: Oye. Tengo una sorpresa para ti esta noche.
Cerré los ojos.
Dios. Gabi y sus sorpresas.
La última vez que esa mujer me sorprendió terminé colgada de una tela morada en una clase de yoga aéreo, atrapada a tres metros del suelo mientras el instructor me preguntaba si había firmado el seguro médico.
Escribí sin pensarlo mucho.
Yo: No.
La respuesta llegó de inmediato.
Gabi: Todavía no te dije qué es.
Yo: No importa. Sigue siendo no.
Sonreí apenas mientras miraba por la ventana del avión. Nubes. Más nubes. Nada interesante.
El teléfono volvió a vibrar.
Gabi: Es algo que necesitas.
Suspiré.
Cuando Gabi escribía "es algo que necesitas", normalmente significaba problemas.
Gabi: Mari. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para ti?
No respondí.
Porque la respuesta era incómoda.
Gabi: Exacto. Ni siquiera puedes contestar. Llevas DOS AÑOS sin tocar a nadie. Entre Valentina, la empresa y tu ex marido olvidaste que también existes como mujer.
Me quedé viendo el mensaje.
Dos años.
La última vez que Rodrigo me tocó fue en la cocina de nuestra casa. Ni siquiera fue sexual. Solo apoyó su mano en mi hombro mientras yo lavaba platos y dijo: "Ya no siento nada".
Tres palabras.
Seis años de relación destruidos en tres palabras.
No grité. No lloré. Ni siquiera me giré a mirarlo.
Solo seguí lavando platos con las manos temblando bajo el agua.
"¿Nada?" pregunté finalmente.
"Nada", confirmó.
Firmamos los papeles tres semanas después. Tranquilo. Civilizado. Exactamente el tipo de divorcio que uno espera de dos personas que dejaron de amarse mucho antes de firmar documentos.
Yo me quedé con Valentina, con la empresa y con la costumbre de ponerme siempre al final de la lista.
Rodrigo decía que yo era "demasiado".
Demasiado intensa. Demasiado trabajadora. Demasiado emocional. Demasiado todo.
Al final entendí que "demasiado" solo era otra forma elegante de decir "no me acomodas".
Me corté el cabello. Seguí trabajando.
Dos años después tenía una empresa más grande, una hija obsesionada con dibujar caballos con alas y un calendario tan lleno que ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que hice algo solo porque quería hacerlo.
El teléfono vibró otra vez.
Gabi: Agencia discreta. Hotel de lujo. Una noche. Sin nombres. Sin preguntas. Sin consecuencias. Ya está pagado.
Abrí los ojos más de lo normal.
Yo: Gabriela Torres. ¿Qué hiciste?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque