MARIANA
Había tres reglas de oro cuando trabajabas en una boda de ese nivel.
Primera: no hablar con las familias.
Segunda: no fotografiarlas.
Tercera: si por accidente rompías las dos primeras, convertirte en parte del mobiliario y esperar que el momento pasara.
Mi contacto durante los cuatro meses de organización había sido el señor Hassan. Hombre de pocas palabras, respuestas de una sola oración y una puntualidad que me hizo respetarlo desde el primer correo.
Todo pasaba por él.
Los accesos. Los cambios. Las confirmaciones.
Las familias eran invisibles para mí y yo para ellas.
Perfecto. Así me gustaba trabajar.
El primer día en Dubái fue exactamente lo que esperaba: caos controlado.
Llegué al hotel a las nueve de la mañana. A las diez ya estaba en el salón principal revisando que cada detalle estuviera en su lugar. Las mesas. Las flores. La iluminación. El equipo de sonido.
Mañana sería la cena de ensayo.
Pasado mañana, la boda.
No podía salir mal.
Andrea apareció a mi lado con la tablet.
—Las flores del fondo llegaron tarde pero ya están montadas. El equipo técnico confirmó prueba de sonido a las tres. Y Hassan pregunta si necesitas algo más.
—Dile que todo va perfecto.
Mentira.
Nada iba perfecto en un evento de este tamaño.
Pero llevaba diez años en este negocio y había aprendido que "perfecto" era solo otra forma de decir "todavía no se ha incendiado nada".
Pasé las siguientes ocho horas caminando entre mesas, ajustando centros de flores, confirmando menús y resolviendo los mil pequeños problemas que siempre aparecían el día antes del evento.
A las nueve de la noche el salón estaba listo.
A las diez, mi equipo se había ido.
Y a las once, yo seguía ahí.
Afuera, junto a la camioneta de logística, con los zapatos en una mano y los pies descalzos sobre el asfalto todavía tibio de Dubái.
Llevaba cuarenta minutos ignorando el dolor.
A ese punto ya me daba igual si alguien me veía.
El teléfono vibró.
Gabi: ¿Cómo va todo?
Sonreí.
Yo: Perfecto. Sin desastres todavía. Mañana es la cena de ensayo. Si sobrevivo a eso, sobrevivo a todo.
La respuesta llegó enseguida.
Gabi: Todavía tienes tiempo.
La miré varios segundos.
Lo sabía.
Había pasado las últimas ocho horas no pensando activamente en eso.
Gabi: Mañana empieza el trabajo de verdad. Esta noche es tuya, Mariana. Una hora. Solo una. Sin ser mamá, sin ser jefa, sin ser la mujer que siempre tiene todo bajo control.
Apoyé la espalda en la camioneta.
Gabi: ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque querías?
No respondí.
Porque odiaba cuando tenía razón.
Miré el estacionamiento vacío. Después el teléfono. Después mis pies adoloridos.
Yo: Mándame la dirección.
Silencio.
Tres segundos después el teléfono explotó.
Gabi: ¡MARIANA RÍOS! Sabía que ibas a ir.
Yo: Esto sigue siendo una locura.
Gabi: Absolutamente. Diviértete.


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