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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 5

MARIANA

Nunca pensé que diría esto, pero Gabi tenía razón.

Gabi se equivoca con una frecuencia estadísticamente significativa. Pero esa noche, en esa suite, con ese hombre que no me había dicho su nombre y yo tampoco había preguntado el suyo, entendí exactamente a qué se refería cuando dijo que me lo merecía.

Me lo merecía.

Y más.

Todo empezó con un beso que no me dio tiempo de pensar.

Ni suave. Ni tímido. Ni correcto.

Fue el tipo de beso que arrastra.

Sus manos encontraron mi cintura y su boca la mía como si hubiera pasado toda la noche imaginando exactamente cómo besarme.

Y yo respondí.

Dios mío, respondí demasiado rápido.

Mi cuerpo se rindió antes que mi orgullo.

Eso fue lo primero que me desarmó.

Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba con hambre verdadera que casi había olvidado cómo se sentía. Rodrigo me había convertido en una rutina. Este hombre me hizo sentir un incendio en menos de treinta segundos.

Sus manos comenzaron a recorrerme despacio, sin ansiedad, como si disfrutar de mí fuera un lujo que pensaba saborear completo.

La espalda.

La cintura.

Mis muslos.

Después volvió a subir lentamente, acariciando mi piel, provocándome escalofríos tan intensos que tuve que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte.

Y cuando rozó mi nuca...

Dios.

Solté un sonido vergonzosamente necesitado.

Él soltó una risa baja contra mi boca. Grave. Oscura. Satisfecha.

Como si le encantara descubrir lo fácil que era hacerme perder el control.

—Así... —murmuró con la voz ronca junto a mis labios—. No te contengas.

Sentí el calor subir directo entre mis piernas.

No podía verle completamente la cara en la penumbra, pero sí sus ojos. Negros. Intensos. Fijos en mí como si yo fuera algo que deseaba desde antes de tocarme.

Eso me hizo más daño que sus manos.

Porque nadie me había mirado así en años.

Como si quisiera devorarme despacio.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo y planeara usarlo todo en mí.

Luego volvió a besarme y perdí definitivamente cualquier intención de escapar.

Esos ojos iban a arruinarme. Ese hombre disfrutaba provocarme más de lo que probablemente disfrutaba cualquier otra cosa.

Lo peor fue descubrir cuánto me gustaba eso.

Mis dedos terminaron aferrados a sus hombros. Mis piernas rodeándolo sin que yo recordara haber decidido hacerlo. Y cada vez que él soltaba esa respiración grave cerca de mi oído, mi cuerpo reaccionaba como si llevara años esperando exactamente ese sonido.

Sus labios bajaron por mi cuello. Después por mi clavícula. Sus manos acariciaban mis costados con una reverencia que me hizo cerrar los ojos.

Perdí la noción del tiempo.

Solo recuerdo fragmentos.

Su boca recorriendo mi piel lentamente, deteniéndose en lugares que no sabía que eran sensibles hasta que él los encontraba.

Sus manos sujetando mis caderas cuando intenté moverme, manteniéndome quieta mientras me besaba en lugares que me hacían temblar.

La forma en que susurraba cosas en un idioma que no entendía pero que sonaban como promesas oscuras.

Y cuando finalmente me tocó donde más lo necesitaba, solté un gemido que debió escucharse en todo el piso.

Él sonrió contra mi piel.

—Así —murmuró—. Quiero escucharte.

Y procedió a destruirme sistemáticamente.

Con dedos expertos.

Con besos estratégicos.

Con esa paciencia cruel que me tenía al borde del colapso cada treinta segundos solo para retroceder y empezar de nuevo.

—Por favor —jadeé finalmente.

No sabía ni qué estaba pidiendo.

Solo sabía que si no hacía algo pronto, iba a morir.

Él se rio. Esa risa oscura que me recorría completa.

Empezó a moverse despacio. Cada embestida deliberada. Controlada. Perfecta. Mis piernas lo rodearon instintivamente, atrayéndolo más profundo.

Él gruñó contra mi oído.

—Así —dijo—. No me sueltes.

Como si hubiera riesgo de eso.

El ritmo aumentó gradualmente. Mis manos bajaron por su espalda sintiendo los músculos tensarse bajo mi toque. Su respiración se volvió más errática. Sus besos más desesperados.

Y cuando finalmente me hizo perder el control de verdad, enterrando mi nombre entre besos y respiraciones agitadas, entendí que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo en lugar de vivir.

Él me siguió segundos después.

Nos quedamos así varios minutos.

Respirando.

Recuperándonos.

Su peso sobre mí anclándome a la realidad.

Capítulo 5: La suite 39 1

Capítulo 5: La suite 39 2

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