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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 724

En su vida pasada… Lucas, en su lecho de muerte, había aguantado solo para verla por última vez antes de cerrar los ojos en paz.

El día que murió, Rafaela fue sola a su funeral. No derramó ni una lágrima, quizás porque no sentía un gran apego familiar. No fue hasta muchos años después de su muerte que Rafaela entendió por qué él había esperado a que ella apareciera para poder irse en paz.

Porque cuando la gente está muriendo, espera poder ver una última vez a la persona que más le importa en el mundo.

***

La que debía ser una fiesta de cumpleaños terminó en un caos.

En la habitación del hotel, Fernández despidió a los demás invitados. Los que no se fueron se quedaron esperando noticias afuera de la puerta. Solo Rafaela permaneció junto a Lucas, observando todo el proceso mientras el médico lo atendía.

Rafaela contenía la amargura que sentía en el corazón. En ese momento, se sentía impotente; no sabía cómo ayudar y, para no estorbar al médico, se quedó quieta en un rincón, sin moverse, hasta que Lucas, con una mascarilla de oxígeno, recuperó la conciencia.

En ese instante, la mirada de Rafaela no se apartó ni un segundo del hombre en la cama.

Después de un largo rato, el médico se acercó a ella.

—El señor Lucas está fuera de peligro. Fue solo el exceso de trabajo reciente, sumado a un disgusto muy fuerte, lo que provocó el desmayo. Ya le administramos un suero vitaminado, solo necesita descansar en cama por un tiempo y estará bien.

—Muchas gracias —dijo Rafaela.

Cuando el médico se fue, el secretario de Lucas lo acompañó a la salida.

—Tú también sal —dijo Lucas—. Y diles a los de afuera que no entren todavía. Tengo que hablar con ella.

—Sí, presidente.

Cuando solo quedaron ellos dos en la habitación, Rafaela se mantuvo en silencio a un lado. No sentía remordimiento, pero una presión pesada le oprimía el pecho.

Rafaela ya se había dado cuenta. Jacobo tenía más de ochenta años y todavía conservaba el pelo negro, mientras que Lucas, con apenas setenta, ya tenía la cabeza llena de canas y su energía no era la de antes.

—También me acabo de enterar de que, por lo de la asociación, ni siquiera quieres volver a la escuela.

—Sea como sea, tienes que seguir estudiando.

Si hubiera sido la Rafaela de antes, se habría enojado con él y le habría respondido: «¿Y a ti qué te importan mis asuntos?», para luego rematar con una frase hiriente y marcharse.

Pero la Rafaela de ahora ya había cambiado. No solo su perspectiva, sino también su temperamento. La impulsividad que la caracterizaba se había desvanecido por completo.

—Lo sé. La restauración de joyas ya la domino, no me parece muy difícil. Ahora solo quiero encontrar otra forma de continuar el legado, no puedo dejar que… termine conmigo.

***

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