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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 744

Justo cuando Rafaela se daba la vuelta, Liberto la agarró de la muñeca.

—¿No te quedas un rato más conmigo?

Rafaela se giró y lo miró con una sonrisa fría.

—Raúl ya vino a reclamar por la chica que tanto te gustaba. Si se entera de que durante los dos o tres años que él no estuvo, tú la estuviste manteniendo… no me interesa presenciar esa escena.

—Dos hombres peleando por una mujer… solo de pensarlo me imagino un baño de sangre. No quiero ensuciarme la vista.

En el momento en que se soltó de su agarre, algo se le ocurrió. Se detuvo y, dándose la vuelta, lo miró.

—Oye, ¿por qué no lo piensas de nuevo?

—Recuerdo que en el restaurante del hotel, Penélope te dijo muy claro que si te divorciabas, se quedaría contigo.

—Ahora es un buen momento… para poner a prueba sus sentimientos otra vez.

—A lo mejor… todavía se extrañan. Es su última oportunidad, no la desperdicien.

—Acuérdate que te conté que en mi sueño ustedes se casaban y tenían hijos…

—No vayas a hacer algo de lo que te arrepientas después.

—El dinero de la reparación del reloj te lo transfiero en un momento.

Ese tono distante fue la gota que derramó el vaso. Después de que Rafaela se fuera, Joaquín escuchó un estruendo en la oficina. Al asomarse, vio herramientas y documentos esparcidos por todo el suelo.

Joaquín no se atrevió a decir nada y se limitó a recoger los papeles del piso.

Pero eso no fue todo. El celular de Liberto vibró en el bolsillo de su saco. La notificación que apareció era el registro de una transferencia que acababa de recibir.

No había señal en el elevador. En cuanto Rafaela salió del edificio, sacó su celular y le transfirió doscientos mil pesos a la cuenta bancaria de Liberto.

Esos doscientos mil eran por las molestias.

—No se va a enterar —dijo Liberto con una frialdad que helaba la sangre.

Joaquín no se atrevió a decir más. Los cambios en el humor del señor Liberto eran tan impredecibles que ni él, su asistente, lograba entender lo que pasaba por su cabeza.

—¿Ya se fue Raúl? —preguntó Liberto.

—Sí. Hace un momento, la señorita Penélope subió a la sala de juntas, se llevó a Raúl de aquí. Parece que discutieron, él se fue y ella me pidió que le dijera que quería verlo.

—Dile que suba.

Joaquín asintió.

—Sí, señor.

Penélope, que parecía haber llorado, se paró frente a la puerta cerrada. Se armó de valor, levantó la mano y, tras un momento de duda, finalmente tocó. Al escuchar esa voz que había oído tantas veces, su corazón dio un vuelco inexplicable.

Abrió la puerta y entró. El hombre que vio emanaba un aura peligrosa. Aunque no mostraba mucha emoción, Penélope podía sentir que estaba enojado.

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